Luis Vicente Mateo: el héroe silencioso en la Serie de las Américas

Caracas, 13 feb (Prensa Latina) Luis Vicente Mateo no llegó con trompetas: llegó con tacto, con líneas cortas y con una astucia silenciosa que hoy puede inclinar el bronce de Cuba ante las Águilas Metropolitanas en la Serie de las Américas.

Por Boris Luis Cabrera, enviado especial

Fotos: Panchito González (FotosPL)

En un torneo donde la épica suele escribirse con batazos largos, Mateo eligió la letra pequeña: la del toque preciso, la del swing que no grita, la del corredor que lee la almohadilla como si fuera un mapa secreto.

Noveno en la alineación, parecía condenado al anonimato; sin embargo, terminó siendo el espejo donde se miraron todos: líder de bateo con .500 de average, empatado con el colombiano Harold Ramírez, mejor segunda base del certamen, miembro del equipo Todos Estrellas. El héroe sin ruido.

Natural de Cruces, Cienfuegos, le dicen el Cuco porque siempre aparece cuando menos lo esperas. En su barrio aprendió que el béisbol no es solo fuerza: es intuición, es picardía, es inteligencia sobre el diamante. “Mi posición natural es el campo corto y tuve que adaptarme a jugar la intermedia”, confesó. Nunca antes había jugado ahí, pero el entrenamiento —ese dios sin altar— hizo su trabajo. Hoy cosecha el fruto del entrenamiento, como repite con humildad.

Mateo no empezó bien el torneo. Falló, dudó, respiró hondo y luego, como si la paciencia fuera una técnica de bateo, fue de menos a más. “Es mejor venir en ascenso que en descenso”, dijo, y su average fue subiendo como una marea discreta hasta cubrirlo todo. Cada línea al jardín era una declaración de principios: no necesito estruendo para existir.

En Cruces soñaba con ser como Eduardo Pared y como Germán Mesa. Hoy, ironías del destino, tiene a Mesa al lado, convertido en entrenador, corrigiéndole gestos, puliendo detalles, afinando un diamante que todavía brilla más por dentro que por fuera. “Para mí es el mejor torpedero que ha pasado por nuestra pelota”, dice sin titubeos, con esa devoción de quien aún se sabe aprendiz.

También comparte el terreno con el exligamayorista Erisbel Arruebarruena, otro cienfueguero al que antes miraba desde la grada, cuando apenas tenía 15 años y el béisbol era un sueño demasiado grande para caber en el guante. “Es un orgullo estar cerca de Erisbel… le doy gracias a Dios por ponernos a los dos en el mismo equipo”, confiesa, como si todavía le sorprendiera estar dentro de su propia historia.

Ha jugado nueve Series Nacionales, viene de batear .341 con 13 dobles, un jonrón y 29 impulsadas con los Elefantes. No será parte del próximo Clásico Mundial, pero sigue con la selección rumbo al tope en Nicaragua. No se queja: se prepara. “Nada es perfecto, siempre hay que pulir algo”, repite, como si la imperfección fuera su combustible secreto.

Hoy Cuba discute el bronce y Mateo, fiel a su estilo, no promete milagros: promete diversión, juego limpio, constancia. “No hay enemigos pequeños”, advierte. Quizá por eso es tan peligroso: porque no juega contra rivales, juega contra el descuido.

Y cuando termine el partido, gane o pierda, quedará una certeza flotando en el aire del estadio: que mientras otros buscan inmortalidad a golpes de estruendo, Luis Vicente Mateo la construye en silencio, con la alquimia mínima de un noveno bate que aprendió a convertir la paciencia en destino.

mem/blc

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