Simón Bolívar: vigilia de un continente

Estatua de Simón Bolívar en Venezuela
Caracas, 16 feb (Prensa Latina) El monumento del Libertador en la Plaza Bolívar se yergue hoy como un corazón de bronce que late en el centro moral de la nación venezolana y vuelve a ser espejo de su memoria insumisa.

Fotos: Panchito González

No es solo una estatua: es un jinete detenido en mitad del relámpago de la historia, un caballo que no ha terminado de alzarse, una espada que aún corta el aire del tiempo. El bronce parece respirar allí, en ese centro exacto donde confluyen campanas, pasos y sombras, porque Bolívar no posa: vigila.

Fue fundido lejos, en hornos europeos, modelado por manos extranjeras, pero su sentido es absolutamente latinoamericano. Porque ese pedestal de piedra negra que sostiene ese cuerpo ecuestre es una cordillera de gestas, derrotas, traiciones y juramentos. Cada músculo del caballo contiene una batalla; cada pliegue del uniforme guarda una carta, una proclama, una noche sin dormir.

El próximo 21 de febrero se cumplirán 67 años desde que fue declarada Monumento Conmemorativo, pero la cifra es apenas un número frente a lo que verdaderamente importa: este pedestal más que sostener metal, sostiene una idea. La idea de que la libertad no es un punto de llegada, sino una marcha perpetua. De que la independencia no se hereda: se conquista cada día, con sacrificio, con memoria, con responsabilidad histórica.

El Libertador no cabalga solo. Lo rodean los nombres invisibles de los que murieron sin estatuas, los que pelearon sin himnos, los que soñaron sin gloria. Está rodeado por la multitud anónima que fundó repúblicas sin saber leer, por campesinos, esclavos, soldados descalzos, mujeres sin retrato, pueblos enteros que entregaron su sangre para que existiera una palabra llamada patria.

Estatua de Simón Bolívar en Venezuela 2

Por eso su figura no pertenece al pasado: es una advertencia al presente. Bolívar es pregunta, no respuesta; es llama, no ceniza. No es un recuerdo cómodo, sino una exigencia incómoda. Su mirada de bronce consuela, interpela y convierte la plaza en tribunal moral de la historia.

Así lo supo ver el Héroe Nacional de Cuba, José Martí, cuando llegó a Caracas y, sin buscar posada ni alimento, fue directo a este sitio sagrado. “Todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre”, escribió, llorando frente a la estatua que parecía moverse. No lloraba por el hombre de metal, sino por la deuda de los vivos; no por el héroe muerto, sino por los pueblos que aún no terminan de ser libres.

Martí entendió que Bolívar no era un destino. Que su grandeza no estaba en las victorias militares, sino en la obstinación ética de creer en una América unida, soberana, digna de sí misma.

Por eso este monumento exige conciencia, reclama acción, quiere continuidad. Mientras haya injusticia, Bolívar seguirá inacabado. Mientras exista desigualdad, su espada seguirá desenvainada en el aire. Mientras América dude de sí misma, no bajará jamás de ese caballo.

Porque el día en que Simón Bolívar se quede quieto de verdad, no será por desgaste del bronce, sino por desgaste de la memoria, y entonces no se oxidará la estatua: se oxidará la patria.

mem/blc

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