Por Boris Luis Cabrera.
El sábado, la belarusa volvió a imponer esa ley suya que no aparece en los reglamentos, pero decide partidos: la ley de la potencia y del carácter frente a la joven estadounidense Coco Gauff, que corrió, resistió y creyó.
Sin embargo, no pudo evitar que la Tigresa de Minsk terminara haciendo lo que hacen las campeonas verdaderas: convertir el momento decisivo en territorio propio.
El golpe de derecha de Sabalenka es un decreto; su servicio, más que un inicio, es una advertencia, pero lo que la convierte hoy en la mejor tenista del mundo no es solo la fuerza, sino el dominio de sí misma, ese territorio invisible donde antes vivían sus dudas y ahora manda su voluntad.
En su palmarés ya relucen cuatro títulos de Grand Slam, coronas en torneos Masters 1000 y semanas enteras gobernando el ranking mundial, pero más que las cifras —que ya la colocan entre las grandes de su tiempo— lo que impone Sabalenka es una sensación de inevitabilidad. Cuando un partido entra en su zona de fuego, casi siempre termina de su lado.
Cuando sonríe es capaz de iluminar la cancha y el tenis parece un juego, pero cuando se pone seria, despierta un huracán.
Entonces la pista se vuelve pequeña, el tiempo se acelera y las rivales juegan contra algo más que una mujer: juegan contra una tormenta.
Ser la mejor del mundo, en esta era feroz del tenis femenino, no significa ganar una vez, sino estar siempre.
Mientras otras grandes como la polaca Iga Świątek han construido su imperio desde la perfección y la precisión, Sabalenka ha levantado el suyo desde la fuerza y el coraje, dos caminos distintos hacia la misma cima.
Por eso su victoria en Miami no fue solo un título más, fue una confirmación, porque hay campeonas que ganan torneos, pero hay otras que terminan definiendo una época; y hoy, en el tenis femenino, esa época lleva un nombre: Aryna Sabalenka.
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