El 7 de junio de 1917 durante la festividad de Corpus Christi, tres fuertes terremotos de origen volcánico sacudieron San Salvador y varias localidades cercanas.
Cálculos posteriores aseguran que los sismos alcanzaron magnitudes de 6.7 y 5.4, En La escala de Richter, una actividad sísmica que culminó con la salida de magma por las fisuras de El Pinar y Los Chintos, ubicadas en la ladera norte del volcán El Boquerón, una de las 25 estructuras que conforman el complejo volcánico de San Salvador.
Los registros del fatídico día fueron limitados, según los historiadores, la fuerza de los terremotos dañó el único sismógrafo en posesión del Observatorio Sismológico de El Salvador, por ello las estimaciones se realizaron en años posteriores.
Aquellos movimientos telúricos afectaron las localidades de Mejicanos, Apopa, Nejapa, Quezaltepeque, Suchitoto, San Juan Opico, El Paisnal, Santa Tecla, Armenia, San Julián, Sacacoyo, Tepecoyo, Ateos, Caluco y San Vicente.
Las pérdidas humanas fueron calculadas en unas mil 50 personas y una cantidad indeterminada de heridos.
La capital quedó arrasada, de las mueve mil viviendas existentes en aquel entonces, solo unas 200 quedaron intactas, pues la conjugación de ambos eventos ocasionó incendios que consumieron numerosos edificios.
Otra consecuencia del siniestro fue la transformación del paisaje salvadoreño, la zona cafetalera del departamento de La Libertad resultó gravemente afectada por los materiales volcánicos expulsados durante el fenómeno.
El magma emitido originó al área conocida como El Playón, y dentro del cráter de el volcán El Boquerón se formó un cono volcánico llamado Boqueroncito, uno de los rasgos geológicos más visibles que dejó aquella actividad eruptiva.
Datos del Ministerio de Medio Ambiente Recursos Naturales reflejan que en los últimos tres mil años, el gigante volcán registró unos 20 eventos eruptivos, y durante los últimos 500 años ha presentado flujos de lava en 1658 y 1917.
oda/tdd













