Ese parecer de medios expertos y operadores de mercados, constituye un conocimiento básico sobre todo en los momentos actuales de crisis.
Cuando un gobierno publica el dato de inflación, la cifra que encabeza los titulares suele ser la inflación general. Pero los inversores y los bancos centrales miran de reojo otro número: la inflación subyacente. Entender la diferencia no es un ejercicio académico; es la clave para saber si el aumento de precios es pasajero o ha llegado para quedarse.
La inflación general mide la variación de precios de todos los bienes y servicios de la canasta del consumidor. La subyacente o núcleo, por su parte, excluye los precios de los alimentos y la energía.
¿Por qué? Porque estos dos rubros son muy volátiles y pueden dispararse por factores puntuales -una guerra, una sequía o un huracán- que no reflejan la tendencia de fondo de la economía.
En un mes, el precio de la gasolina puede subir un 40 por ciento, pero eso no significa que el costo de vida en general esté aumentando a ese ritmo. La inflación subyacente busca eliminar ese «ruido» para mostrar la presión inflacionaria estructural: aquella impulsada por la demanda, los costos laborales o la vivienda. La evidencia reciente demuestra con claridad esta divergencia. En mayo de 2026, la inflación general de Estados Unidos se disparó al 4,2 por ciento anual, impulsada por un encarecimiento de la energía que representó más del 60 del incremento mensual del IPC.
Sin embargo, la inflación subyacente se mantuvo en un mucho más moderado 2,9 por ciento anual.
Esta diferencia no fue un caso aislado. En junio de 2026, el IPC general cayó 0,4 por ciento -la mayor caída mensual desde 2020-, pero la subyacente permaneció sin cambios, sin mostrar señales de un desplome similar.
En palabras de la Reserva Federal de Cleveland, la inflación general proyectada para julio de 2026 se desaceleraría, pero la subyacente se mantendría «pegajosa» en el 3,36 por ciento.
Para un inversor, esta distinción es vital por una razón: la inflación subyacente es el termómetro que realmente importa a los bancos centrales.
La Reserva Federal de los Estados Unidos, por ejemplo, sigue de cerca el índice de precios de gastos de consumo personal (PCE) subyacente, no el IPC general, para decidir si sube o baja las tasas de interés.
Cuando la inflación subyacente se mantiene elevada, como ha ocurrido en los últimos cinco años en los Estados Unidos, el banco central tiene pocas opciones: debe mantener o incluso subir las tasas, aunque la inflación general se modere por la caída del petróleo.
Para un inversor en renta fija, este escenario significa que el precio de los bonos podría seguir bajo presión; para el inversor en acciones, que el costo de financiamiento de las empresas se mantendrá alto.
Un informe de Bank of America señala que, mientras el ruido entra y sale de los titulares, el núcleo es la tendencia que define el rumbo de la política monetaria y, con ella, el de los mercados financieros.
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