El Museo Kröller-Müller, ubicado cerca del pueblo de Otterlo, reúne la totalidad de obras del artista neerlandés coleccionada por la heredera alemana Helene Kröller-Müller (1869-1939), ahora a disposición del público por primera vez desde 1984.
La muestra, titulada Van Gogh: todas nuestras pinturas, permanecerá abierta hasta el 3 de enero, y organiza las obras en tres ejes: fe, esperanza y amor, categorías que reflejan la dimensión espiritual que la coleccionista veía en el creador neerlandés.
El Museo Van Gogh, ubicado en esta capital, posee más de 200 pinturas, pero se estableció para mostrar la colección familiar, cuyas obras del artista no se habían vendido, mientras que el acervo del Museo Kröller-Müller representa el ojo de una coleccionista.
De acuerdo con The New York Times, la exposición presenta la colección tal y como la concibió la filántropa Helene: una expresión del desarrollo, el alcance y las aspiraciones espirituales del pintor.
La curadora de la exposición, Renske Cohen, señaló que la heredera alemana lo consideraba un hombre que había hallado una conexión con la fe a través de su obra; comprendía su deseo de trascender el sufrimiento y su objetivo de emplear el arte para superarlo.
Entre las piezas figuran Terraza de café por la noche, Retrato de Joseph Roulin y El sembrador; el director Tempel calificó el momento como poco común porque todas las pinturas están «en casa» y advirtió que algo así no ocurría desde hacía mucho tiempo, citó The New York Times.
La historia de este acervo comenzó en 1912, cuando Kröller-Müller se encontraba en París, Francia, en un frenesí de compras; no buscaba zapatos ni modas recientes, perseguía el retrato de Madame Augustine Roulin de Van Gogh.
Halló La berceuse, también conocida en español como Canción de cuna; al día siguiente recorrió galerías en busca de más obras del artista y regresó con 15 pinturas en un solo viaje.
Helene se propuso como meta de vida crear una colección pública de arte moderno; fue una de las primeras grandes coleccionistas en reconocer la genialidad de Van Gogh; su esposo, Anton Müller, estimuló sus inquietudes intelectuales, incluido este pasatiempo que era socialmente aceptable para las mujeres de entonces.
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