Italia se detiene, pero no se rompe: estampas de una huelga general

Roma, 3 oct (Prensa Latina) Italia amaneció hoy como si nada, publicó en Facebook una persona, evidentemente disgustada porque, en su opinión, no parece que el país haya estado en huelga para exigir menores precios de combustibles, alimentos y aumentos salariales.

Por: Mario Muñoz Lozano

Corresponsal jefe/Roma

Ayer los reportes de prensa hablaron de aulas que pudieron quedar vacías, oficinas públicas trabajando a medio ritmo, servicios sanitarios reducidos y trabajadores llamados a cruzar los brazos.

Pero al caer la tarde, la imagen más repetida no era la de una ciudad enfrentada consigo misma, sino la de un país que bajó su ritmo para hacerse escuchar.

Roma, Milán, Turín y Nápoles vivieron la jornada con sus propios colores y sonidos, según reportes de prensa. La huelga general convocada por la Confederación Sindical de Trabajadores Europeos y a la que se sumó desde Italia el Fi-Si, involucró a numerosos sectores públicos y privados.

La capital, acostumbrada al tráfico, al ruido de los autobuses y al movimiento constante de trabajadores y turistas, tuvo que convivir con servicios sujetos a la adhesión de los empleados. Pero los servicios esenciales, incluidos los de urgencia sanitaria, permanecieron garantizados.

Claro que la escena romana tiene algo peculiar: mientras unos protestan, el Coliseo sigue recibiendo visitantes y las cafeterías continúan sirviendo “espresso”.

En Milán, la urbe más económica del país, el contraste es todavía más visible. La huelga llega a una ciudad acostumbrada a medir el tiempo en minutos: el tren que sale, el metro que llega, la oficina que abre, la fábrica que comienza el turno.

El paro introdujo una pausa en esa maquinaria. Pero la protesta se expresó fundamentalmente mediante la abstención laboral y las reivindicaciones sindicales, no mediante la destrucción del espacio urbano, como sucede en otras ciudades y países.

Según los reportes televisivos, en Turín, antigua capital industrial y ciudad estrechamente vinculada a la historia obrera italiana, la jornada tuvo otro significado. Allí las palabras salario, fábrica, energía y futuro industrial poseen un peso especial.

La urbe donde durante décadas el automóvil marcó el pulso industrial italiano volvió ayer a encontrarse con una vieja herramienta de la clase trabajadora: simplemente no trabajar.

Y en Nápoles, donde el ritmo de la calle tiene ya una intensidad propia, la huelga se mezcló también con el paisaje urbano, con ciertas alteraciones en el transporte público debido a una movilización en el servicio de la empresa municipal ANM. Cuatro ciudades, cuatro maneras de vivir la misma protesta. Suena muy suave: a veces un autobús que no aparece, una ventanilla administrativa cerrada, una clase que no comienza o un trabajador que decide quedarse en casa. Sobre todo, cuando se compara con las protestas estudiantiles que por estos días transcurren en Francia.

Ayer, además, hubo una particularidad. Aunque el paro era de alcance nacional y afectaba a numerosos sectores, el transporte ferroviario estaba convocado únicamente entre las 11:00 y las 14:00. Ferrovie informó incluso que no preveía impactos en sus servicios y que los convoyes circularían de manera regular.

La escena puede parecer casi contradictoria: una huelga general en la que los trenes continúan circulando. Y es que en Italia el conflicto convive con normas establecidas para servicios mínimos y garantías para actividades esenciales.

Hospitales, emergencias y determinadas prestaciones públicas no pueden simplemente desaparecer porque haya una jornada de huelga, argumentan los italianos.

Eso no significa que todas las protestas sean pacíficas ni que el país esté libre de episodios de tensión, Italia conoce también enfrentamientos, bloqueos y momentos de violencia en determinadas movilizaciones, me cuenta un vecino que andaba festejando el Día de los Abuelos, que aquí se celebra cada 2 de octubre.

Pero en Italia, el escenario habitual de una huelga sindical continúa siendo, en buena medida, el de las plazas, las banderas, los megáfonos y las pancartas, dice, a la vez que describe cierta filosofía sobre el tema.

Es una forma de protesta que tiene algo de ceremonia. Por la mañana se protesta. Al mediodía se discute. Por la tarde se cuentan los niveles de adhesión. Y, cuando cae la noche, muchos de quienes participaron en la movilización regresan a sus casas sabiendo que el lunes volverán a ocupar sus puestos.

Entonces la ciudad también vuelve a empezar. Los autobuses recuperan sus recorridos, las oficinas reabren, los trenes retoman su ritmo y las plazas recuperan su aspecto cotidiano.

Pero las consignas permanecen flotando en el aire político: gasolina y alimentos más baratos, salarios mayores, menos impuestos y una política energética que reduzca la vulnerabilidad del país.

Quizás esa sea la imagen más italiana de una huelga en la actualidad, la de una ciudad que no se rompe, pero que durante unas horas decide caminar más despacio.

¿Por cuánto tiempo?, hasta mañana o pasado, cuando vuelvan a recordar que detrás de las estadísticas sobre inflación, salarios y precios que repiten los diarios existen personas que todos los días tienen que pagar la factura de vivir.

kmg/mml

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