Managua, Masaya y León compartirán una fiesta que promete desbordar las líneas de cal, porque en esta tierra la pelota tiene algo de idioma familiar y ceremonia colectiva, una conversación entre generaciones que encontrará en el campeonato una nueva razón para levantar la voz.
No serán únicamente tres escenarios sobre un mapa, sino tres maneras de recibir al mundo: la amplitud del Estadio Nacional Soberanía, la memoria solidaria del Roberto Clemente y la juventud del Rigoberto López Pérez, recintos que enlazarán a la capital con dos ciudades de profunda identidad nicaragüense.
En Managua, el Soberanía desplegará su belleza de gran escenario, con el diamante como centro de una arquitectura concebida para reunir a 15 000 espectadores, suficientes para convertir cada batazo en un rumor creciente y cada entrada decisiva en una sacudida de las tribunas.
Inaugurado en octubre de 2017 con una serie entre Nicaragua y China Taipéi, fue construido bajo parámetros y supervisión de las Grandes Ligas y convertido en una de las joyas de los Juegos Centroamericanos de Managua 2017.
Masaya responderá con la escala más íntima del Roberto Clemente, un estadio nuevo cuya capacidad ronda los 4 000 aficionados y cuya belleza puede imaginarse en esa cercanía que vuelve visibles los pequeños duelos del juego, desde el corredor que amenaza con salir hasta el lanzador que demora una decisión.
Abierto el 24 de noviembre de 2023 con un encuentro del clasificatorio panamericano Sub-23 entre Nicaragua y Puerto Rico, el recinto llegará a este Mundial con una historia breve, pero ligada desde su nacimiento a la ambición internacional de los peloteros jóvenes.
Su nombre, sin embargo, guarda una historia mucho más grande que cualquier marcador, pues recuerda al astro puertorriqueño que murió en un accidente aéreo en 1972 cuando llevaba ayuda a las víctimas del terremoto de Managua, una memoria que convierte la palabra solidaridad en parte inseparable de sus tribunas.
León ofrecerá el tercer rostro de la fiesta en el Rigoberto López Pérez, inaugurado en septiembre de 2024 y presentado en la candidatura mundialista con capacidad para 6 300 espectadores, un escenario de reciente construcción que sumará su silueta moderna al itinerario del campeonato.
Su estreno con una serie de exhibición entre la selección nicaragüense Sub-23 y los Senadores de Caracas, seguido por partidos de la primera Serie de las Américas en 2025, permite leer su corta vida como una carrera hacia las grandes citas, sin demasiado tiempo para que se enfríe la emoción de la apertura.
Allí, como en Managua y Masaya, la belleza no terminará en las instalaciones, porque un estadio alcanza su verdadera dimensión cuando lo ocupa la gente y el silencio previo al lanzamiento se rompe con ese grito capaz de borrar, durante un instante, cualquier distancia entre desconocidos.
Nicaragua no llega a esta responsabilidad con las manos vacías, pues organizó los mundiales de mayores de 1948, 1950, 1972, 1973 y 1994, una trayectoria que da espesor histórico a su regreso como anfitriona de una cita planetaria y demuestra que recibir al béisbol del mundo forma parte de su propia memoria deportiva.
A ese recorrido se añaden los Juegos Centroamericanos de 2017, el clasificatorio continental Sub-23 de 2023 y la Serie de las Américas de 2025, experiencias que sostienen su prestigio como sede y permiten entender este campeonato no como una aventura improvisada, sino como otro peldaño de una vocación organizadora.
Entre lagos y volcanes, Nicaragua pondrá tres diamantes a disposición del futuro, pero cuando llegue el último out no bastará con saber quién ganó la corona: habrá que recordar dónde empezó a latir la leyenda.
mem/blc





