miércoles 4 de noviembre de 2026

Tocumen, seis horas en la antesala del Mundial de Béisbol Sub-23

Ciudad de Panamá, 4 nov (Prensa Latina) El Mundial de Béisbol Sub-23 comienza hoy para mí en una sala del aeropuerto internacional de Tocumen, donde seis horas de espera antes de volar a Managua ponen a prueba la paciencia, pero no la ilusión.

   Por Boris Luis Cabrera

   Es mi primera vez en esta terminal aérea y todavía me acompaña esa mezcla de curiosidad y desconcierto de quien mira dos veces los letreros, comprueba que lleva el pasaporte y vuelve a consultar la pantalla de salidas, aunque sepa que aún falta.

   A mi alrededor ruedan maletas, se cruzan idiomas y alguien apura el paso como si pudiera ganarle tiempo al reloj, mientras yo intento hacer lo contrario: detenerlo un instante para ordenar las ideas antes de que Nicaragua y el béisbol cambien el ritmo de mis días.

   Dispongo de una hora de internet gratuito para escribir y enviar esta crónica, una pequeña ventana abierta en medio del trajín de Tocumen, donde cada viajero parece negociar a su manera con la espera. La mía tiene nombre de ciudad y forma de diamante.

   Voy a dar cobertura para Prensa Latina del Mundial Sub-23, previsto del 6 al 15 de noviembre, y todavía me cuesta acomodar dentro de esa frase todo lo que siento: la responsabilidad de contar bien, el privilegio de estar allí y unas ganas de empezar que no caben en el equipaje.

   Hay viajes que comienzan cuando despega el avión; este lleva días jugándose en la cabeza.

   Pienso en la selección cubana, dirigida por Guillermo Carmona, que viajará más tarde en otro vuelo. Imagino a sus integrantes revisando documentos, acomodando guantes y despidiéndose de sus familiares, con esa mezcla de confianza e incertidumbre que suele acompañar a quienes todavía tienen casi toda la carrera por delante.

   Doce selecciones competirán en Managua, Masaya y León, tres ciudades que pronto dejarán de ser simples nombres en mis apuntes para convertirse en estadios, trayectos, voces y largas jornadas de trabajo.

   Repaso el calendario y procuro que la preparación no se confunda con la ansiedad: habrá que seguir resultados, buscar protagonistas, preguntar después de las victorias y, sobre todo, saber acercarse después de las derrotas.

   Cuba compartirá grupo con Japón, Corea del Sur, Venezuela, Gran Bretaña y Sudáfrica, mientras Nicaragua estará en la otra llave junto a Australia, República Checa, Panamá, Puerto Rico y China Taipéi. Doce equipos, distintas culturas y una misma pelota como punto de encuentro.

   Por ahora cierro las notas. No quisiera llegar al país anfitrión con todo previsto y ninguna capacidad de asombro.

   Quiero conocer a esa gente que tanto ama el béisbol, escuchar cómo discute una jugada, qué espera de sus muchachos, de qué manera una victoria alcanza para alegrarle la noche y cuánto tarda una derrota en dejarla dormir.

   Me interesa descubrir qué se come antes de ir al estadio, cuáles son las palabras que más se repiten en las gradas y qué costumbres comienzan a revelarse cuando uno deja de mirar el reloj.

   Todavía no he llegado y ya imagino conversaciones, aunque sé que las mejores historias aparecerán cuando guarde los apuntes y me siente a escuchar.

   Esta escala también sirve para recordarme que cubrir un Mundial no consiste únicamente en estar pendiente del último out. Hay que mantener los ojos abiertos cuando la pizarra se apaga y los protagonistas dejan de ser cifras para volver a ser personas.

   Entre un anuncio y otro me pregunto cuántas historias pasarán cerca sin hacer ruido, lejos del jonrón decisivo y de la fotografía del campeón. Tal vez alguna de las más difíciles de olvidar no levante ningún trofeo.

   Vuelvo a mirar la pantalla de salidas y busco Managua con una familiaridad que todavía no me he ganado, mientras a mi alrededor continúa este partido sin marcador entre quienes llegan, quienes se marchan y quienes, como yo, siguen esperando.

   Al internet le queda menos; a la espera, bastante; a estas ganas de contar, por fortuna, no les encuentro el fondo.

   Reviso las últimas líneas antes de enviarlas y comprendo que la emoción no desaparecerá cuando suba al avión. Viajará conmigo y tendrá que aprender a convivir con los cierres, el cansancio y la obligación de encontrar siempre la palabra precisa.

   Dentro de dos días, una pelota cruzará el plato y habrá terminado esta larga víspera.

   Quiero estar listo para contar quién la lanzó y quién la golpeó, pero también qué sintió un país cuando la vio volar. Porque el Mundial se decidirá entre las bases, pero su historia, estoy seguro, no cabrá solamente en ellas.

ocs/blc

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