Con un silencio respetuoso que parecía abrazar cada rincón de la sede diplomática y tras entonar las notas del Himno Nacional de la isla, los rostros serenos, pero dolidos, de los presentes hablaban de una pérdida que atraviesa fronteras y tiempo.
Al tomar la palabra con voz firme, aunque conmovida, el embajador Adolfo Curbelo recordó que aquellos combatientes, hijos de la patria, opusieron una resistencia férrea frente a la criminal agresión, y enfrentaron —hasta el último aliento— un nuevo acto de terrorismo de Estado perpetrado por Washington.
El Gobierno de Cuba declaró dos días de duelo, desde las 06:00, hora local, del 5 de enero hasta el mediodía del 6 de enero. No se trata solo de una formalidad. Es un gesto de país, de pueblo entero, que se inclina con respeto ante quienes —como reza la declaración— «cumplieron dignamente con su deber».

Se dijo entonces que estos combatientes cayeron «en combate directo contra los atacantes o como resultado de los bombardeos a las instalaciones», y que, en ese gesto de entrega absoluta, supieron levantar bien alto el sentir solidario de millones de compatriotas.
En el ambiente de la misión diplomática cubana en Brasilia se mezclaron orgullo y dolor: orgullo por el temple, la convicción y la lealtad; dolor por la ausencia definitiva de seres humanos que creyeron hasta el final en la justicia y en la hermandad entre pueblos.
Cada palabra pronunciada, cada silencio guardado, fue un abrazo simbólico a sus familias y a la nación entera.
En el homenaje no solo se recordó la caída heroica, sino también la raíz profunda de un compromiso que, aun en medio del duelo, continúa latiendo.
Cuba despide a sus hijos con gratitud y respeto. Y el eco, inevitablemente, quedó flotando en el aire: nunca muere quien cae en nombre de su pueblo.
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