De acuerdo con reportes de las autoridades locales, unas 228 viviendas fueron destruidas o gravemente dañadas, mientras la superficie consumida supera las 400 mil hectáreas.
Los bomberos aseguran que aún permanecen activos 11 focos de fuego, alimentados por la ola de calor extremo que golpea la región.
Este suceso, sin precedentes desde 2020, provoca temperaturas cercanas a los 45 grados Celsius, que representan un riesgo grave para la salud humana y el medio ambiente.
La tragedia ya provocó una víctima mortal y obligó a cientos de personas a abandonar sus hogares.
Para enfrentar la emergencia, los gobiernos federal y estatal anunciaron un paquete de ayuda de 19,5 millones de dólares australianos -equivalente a unos 13 millones de dólares estadounidenses- destinado a los damnificados.
Los incendios en el sur del país oceánico comenzaron el 5 de enero y no tardaron en expandirse en múltiples direcciones.
Ante “condiciones catastróficas”, varios residentes recibieron la orden de evacuar y escuelas y negocios tuvieron que cerrar sus puertas.
La situación, fuera de control todavía, revive el recuerdo del devastador “Verano Negro” de 2020, que dejó 33 muertos y unas tres mil casas arrasadas, así como del trágico episodio de 2009, cuando las llamas cobraron 173 vidas en Victoria.
La temporada de incendios en Australia suele concentrarse entre diciembre y marzo, pero este año la intensidad ha puesto al país en alerta máxima.
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