Por Boris Luis Cabrera, enviado especial
La escena parece escrita por un guionista: dos zurdos, dos jardineros, dos apellidos idénticos persiguiendo la misma pelota, pero defendiendo trincheras contrarias en el diamante.
Roel vestirá el uniforme de Cuba; Raico, el de los Leones de León, campeones de Nicaragua. El reencuentro será en la segunda jornada del torneo, bajo las luces del Estadio Monumental Simón Bolívar, justo en el debut del equipo cubano.
Antes, Nicaragua debutará en el día inaugural en el Estadio Jorge Luis García Carneiro de La Guaira frente a Barranquilla, pero el verdadero nudo dramático llegará cuando los primos crucen miradas desde los jardines, como dos actores que conocen de memoria el libreto del otro.
Ambos crecieron bebiendo del mismo manantial beisbolero: la selección de Cuba, los Alazanes de Granma, la Serie Nacional como escuela y escenario. Los dos zurdos, los dos con promedios ofensivos de élite —.322 para Roel en 16 campañas; .334 para Raico en siete—, los dos curtidos en ligas profesionales de México y Venezuela, y Roel, además, con un periplo por Japón.
Pero esta vez no habrá abrazos en la banca. Roel, a sus 38 años, llega como veterano de mil batallas, un viajero del mundo con el oficio tatuado en las manos. Raico, con 31, encarna la versión más joven del mismo espejo, un reflejo que todavía arde con hambre y ambición.
En León, Raico es parte del rugido que defiende el honor de Nicaragua; en Cuba, Roel es símbolo de experiencia para un equipo que se afila rumbo al Clásico Mundial. La Serie de las Américas los coloca frente a frente como si el béisbol quisiera probar una vieja teoría: que la sangre une, pero la competencia separa.
Cuando la pelota vuele hacia los jardines del Monumental, más que un partido, será una historia de familia escrita en spikes y guantes, un duelo íntimo convertido en batalla pública, donde cada batazo llevará escondido un recuerdo compartido y cada out será una herida leve, sin rencor, pero con la gloria continental en juego.
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