Desde horas tempranas, la Plaza despertó con un murmullo distinto: no era el ruido de la ciudad, sino un río de pasos pequeños, disfraces brillantes y globos que parecían intentar tocar el cielo. Entre competencias de dibujo, cantos infantiles, juegos colectivos y música festiva, el espacio se transformó en un lienzo vivo donde la infancia pintó su propio país.
Niñas vestidas de mariposas, superhéroes improvisados, payasos de sonrisa torpe y princesas de cartón corrieron entre estatuas y bancos, mientras los recreadores animaban concursos de participación y los padres observaban como quien protege una llama sagrada.
El bronce solemne del Libertador parecía suavizarse ante el eco de las carcajadas, como si Bolívar, por un instante, cambiara la espada por una máscara de colores. El Carnaval Infantil fue apenas el corazón visible de una celebración que late en todo el territorio nacional.
Desde ayer, Venezuela entera volvió a vestirse de fiesta: playas, ríos, páramos, bulevares y plazas se poblaron de comparsas, música y encuentros familiares que desbordan la rutina y restituyen la memoria colectiva.
De las costas del Caribe a los Andes, la alegría tomó forma de tambor, espuma, agua y baile. En estados como La Guaira, Falcón, Nueva Esparta, Sucre, Anzoátegui, Táchira, Monagas y Yaracuy, los carnavales desplegaron su liturgia popular: desfiles, reinados simbólicos, cabalgatas, juegos tradicionales y el ritual del Entierro de la Sardina, ese acto donde el pueblo se despide de la fiesta para regresar, inevitablemente, a la esperanza.
El Gobierno nacional habilitó cientos de espacios recreativos, con miles de recreadores movilizados, para garantizar que la celebración fuera también un territorio de paz. Pero más allá de la logística, lo que se impuso fue la voluntad colectiva de no renunciar al gozo.
Venezuela no pierde sus tradiciones: las defiende como quien cuida una herencia invisible. En medio de dificultades, el país vuelve a salir a la calle con disfraces humildes, música prestada y alegría resistente. Porque mientras haya niños corriendo bajo la estatua de un Libertador inmóvil, habrá un pueblo que se niegue a rendirse y que, cada febrero, recuerde que la fiesta también es una forma de soberanía.
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