La escuadra albiceleste convirtió el diamante en territorio sagrado, donde la bola jamás encontró rendija para escapar del embrujo de sus lanzadores. Desde el primer envío, Argentina impuso un ritmo seco, cortante, como si cada pitcheo llevara la sentencia escrita.
El derecho Matías Etchevers dibujó una pieza de orfebrería sobre la goma. Seis entradas caminó con paso firme, sin conceder libertades al madero rival, acumulando ocho ponches y dejando a su paso una estela de silencios.
No hubo fisuras ni titubeos. La defensa acompañó con manos seguras y reflejos de acero, pero la verdadera muralla se erigió en el círculo de lanzamientos, donde Etchevers tejió una red invisible que atrapó todos los intentos antillanos.
El relevo fue la rúbrica perfecta. Pablo Migliavacca subió al montículo como quien cierra una sinfonía y, con tres ponches consecutivos, selló el no hit combinado que quedará como uno de los grandes capítulos del torneo.
Mientras tanto, la ofensiva argentina hizo lo necesario, sin estridencias pero con contundencia quirúrgica. Tres carreras tempranas marcaron el pulso del desafío y otras tres en el quinto acto ampliaron la ventaja hasta convertirla en distancia insalvable. Bastaron oportunos sencillos y una lectura certera del momento para inclinar definitivamente la balanza.
Argentina concluyó la etapa preliminar con cuatro victorias sin derrotas, reafirmando su condición de favorita y envió un mensaje claro a sus próximos rivales en la Superronda.
Cuba, ya clasificada, deberá rehacerse tras este golpe y ajustar su ofensiva si aspira a pelear por las medallas y asegurar uno de los cupos en disputa para los Juegos Panamericanos de Lima 2027 y la próxima Copa del Mundo.
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