En la céntrica barriada de El Vedado, donde el bullicio de la ciudad parece querer imponerse, existe un remanso de paz y memoria que ningún viajero debería perderse en 2026.
La Quinta de los Molinos, declarada Monumento Nacional, se erige como un testimonio vivo de más de tres siglos de historia cubana, ofreciendo al visitante un viaje que va desde la industria colonial del tabaco hasta los susurros de las gestas independentistas, todo ello enmarcado en un invaluable jardín botánico.

El nombre de este peculiar sitio evoca su origen en el siglo XVIII, cuando la corona española instaló en estos terrenos dos molinos para procesar tabaco. El tabaco era de mucha demanda a finales de dicho siglo, en toda Europa, y en particular en España.
Movidos por las aguas de la Zanja Real, el primer acueducto de La Habana, estos molinos producían el codiciado rapé que se inhalaba en las cortes europeas, dejando una huella imborrable en la toponimia de la ciudad.
Al desaparecer los molinos a mediados del siglo XIX, el lugar se transformó en un espacio de recreo y ciencia.
El Capitán General Miguel Tacón eligió esta loma para construir la casa de descanso de los Capitanes Generales, un elegante edificio que aún hoy podemos admirar. Simultáneamente, se estableció allí el Jardín Botánico de La Habana, que había sido trasladado desde su ubicación original.
El herbario del antiguo Jardín Botánico de La Habana, fue el núcleo del cual se partió, para buscar el desarrollo acelerado de la colecta botánica en el país.

Tal era su importancia que en 1906 fue inscrito como sitio de referencia en el Sistema Mundial de Jardines Botánicos, y fue en este mismo lugar donde, en 1936, se declaró oficialmente a la mariposa (Hedychium coronarium) como la Flor Nacional de Cuba.
Pero el mayor atractivo histórico para el visitante contemporáneo es, sin duda, su vínculo con el Generalísimo Máximo Gómez.
Al finalizar la Guerra de Independencia, en 1899, el héroe dominicano estableció en la Quinta su residencia y el Cuartel General del Ejército Libertador.
En la actualidad, la Quinta de los Molinos fue la última residencia de Gómez, antes de morir el 17 de junio de 1905.
La casona principal, que fuera su hogar, alberga hoy el Museo Máximo Gómez (reabierto en 2020), donde se pueden apreciar objetos personales y documentos que transportan al visitante a los albores de la República.
Ahora, y de cara a 2026, la Quinta de los Molinos es mucho más que un museo. Desde el 2006, su gestión y restauración están a cargo de la Oficina del Historiador de la Ciudad, que ha insuflado nueva vida al espacio.
Desde noviembre 2022 es aprobada la Sociedad Unipersonal de Responsabilidad Limitada (S. U. R. L.)
La Quinta, está encargada de gestionar la Quinta de los Molinos, una nueva forma de administración que busca potenciar sus valores.
El viajero puede perderse por sus senderos, descubrir la ceiba centenaria, el Palmetum con sus endémicas palmas cubanas y, una de las joyas más preciadas: el Mariposario.
Con fines educativos, protege gran cantidad de distintas variedades de estos insectos, permite su reproducción, muestra el proceso de metamorfosis, una experiencia fascinante para grandes y chicos.
Es un enorme jardín abundantemente arbolado, por numerosas especies endémicas de Cuba, muchas de ellas en peligro de extinción y algunas que solo se pueden encontrar en zonas remotas y montañosas.
Para el turista que busca escapar del ritmo acelerado de La Habana, la Quinta de los Molinos se presenta en 2026 como un destino imprescindible: un lugar donde la historia se respira en cada banco de hierro forjado, donde la naturaleza exhibe su esplendor caribeño y donde el espíritu de Máximo Gómez aún está presente.
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