Día simbólico para la literatura universal, en esta fecha, pero de 1616, fallecieron grandes como William Shakespeare, Garcilaso de la Vega y Miguel de Cervantes, aunque este último en realidad murió el 22, pero fue enterrado el 23 de abril.
Hoy supuestamente se cumplen también 462 años del natalicio de Shakespeare —solo se conserva el registro de su bautismo tres días después—, quien es considerado por muchos críticos el más grande escritor y dramaturgo de todos los tiempos.
Nacido en Stratford-upon-Avon, creció en una familia de clase media, aunque sin educación universitaria, lo que después alimentaría debates sobre la autoría de sus textos.
A los 18 años se casó con Anne Hathaway, ocho años mayor, y tuvo tres hijos: Susanna y los mellizos Hamnet y Judith. Tras un período sin documentos —los llamados «años perdidos»—, reapareció en Londres hacia 1590 como actor y dramaturgo.
Pronto se convirtió en socio de la compañía Lord Chamberlain’s Men, que actuaba ante la reina Isabel I y más tarde ante Jacobo I. Bajo el reinado de este, la compañía pasó a llamarse King’s Men y Shakespeare acumuló una considerable fortuna.
En 1599 se inauguró el teatro Globe, donde se representaron la mayoría de sus obras maestras.
Su producción incluye 37 obras dramáticas, 154 sonetos y dos poemas narrativos largos: Venus y Adonis y La violación de Lucrecia.
En las tragedias alcanzó la cima de la exploración psicológica: Hamlet reflexiona sobre la duda y la venganza; Otelo sobre los celos patológicos; El rey Lear sobre la ingratitud filial y la locura; Macbeth sobre la ambición sin freno.
Sus comedias, como El sueño de una noche de verano, Mucho ruido por nada y La fierecilla domada, combinan enredos amorosos, disfraces y un humor que nunca empalaga. Los dramas históricos —Ricardo III, Enrique V— construyen una visión compleja del poder legítimo y tiránico.
También escribió obras de tono melancólico o problemático, como Troilo y Crésida o Medida por medida, que desafían las categorías clásicas.
En sus últimos años creó los romances trágicos —Cimbelino, El cuento de invierno, La tempestad— donde domina la reconciliación y el perdón. La tempestad, probablemente su última obra escrita en solitario, ha sido leída como su despedida del teatro.
Murió el 23 de abril de 1616, dejando una invaluable influencia en la literatura universal: inventó o popularizó más de 1700 palabras y cientos de frases que aún usamos («ser o no ser», «fin justifica los medios»).
Sus tramas fueron reescritas por Goethe, Dostoievski, Faulkner o Borges. También Chéjov, Ibsen y Miller bebieron de su manera de construir personajes contradictorios.
En el cine, desde Kurosawa (Trono de sangre como versión de Macbeth) hasta Vishal Bhardwaj (Omkara como Otelo), sus obras se han adaptado a todas las culturas. La literatura latinoamericana lo ha reinterpretado con fervor: Rulfo, Vargas Llosa y Cortázar dialogaron con él.
En el teatro contemporáneo, directores como Peter Brook y Declan Donnellan siguen releyéndolo con radical libertad. Su capacidad para retratar pasiones universales —amor, celos, ambición, duelo— lo vuelve intemporal.
Ningún autor ha sido traducido, representado y citado más veces en la historia de la humanidad. Shakespeare no es solo un clásico inglés: es un patrimonio común de la conciencia literaria universal. Leerlo es asistir al espejo más nítido y despiadado de nuestra naturaleza. Por eso, cuatro siglos después, sigue siendo el escritor que mejor nos explica a nosotros mismos.
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