El agua, considerada sagrada, recibe a quienes buscan purificación. Hombres con el torso descubierto, mujeres con saris húmedos y ancianos que recitan mantras repiten gestos transmitidos por generaciones. La espiritualidad se practica con naturalidad.
A pocos metros, el turismo forma parte del paisaje. Cámaras y guías conviven con los rituales en una de las urbes habitadas de forma continua más antiguas del mundo. Varanasi ocupa un lugar central en el circuito internacional de viajes culturales y religiosos en el país.
En el Dashashwamedh Ghat, la ceremonia del Ganga Aarti congrega a devotos y visitantes. Lámparas, campanas y cánticos siguen un orden preciso. El contenido religioso se mantiene, aunque la puesta en escena se ajusta a audiencias numerosas.
El impacto económico es visible. Hoteles y pequeños comercios orientados al visitante miran al río. Para artesanos, barqueros y guías, el turismo es fuente esencial de ingresos en una ciudad con limitada base industrial.
La expansión también genera tensiones. Sacerdotes vinculados al Templo Kashi Vishwanath advierten que la masificación altera los tiempos rituales. En el Manikarnika Ghat, las ceremonias funerarias son observadas por visitantes que no siempre comprenden su dimensión espiritual.
El Estado indio impulsa proyectos de renovación urbana para ordenar el espacio y reforzar la proyección internacional de Varanasi. Sin embargo, las mejoras en infraestructura han supuesto cambios en el tejido histórico.
Varanasi se mueve en esa tensión. Preserva una tradición milenaria mientras participa en la economía cultural global. El Ganges continúa su curso. Para el creyente representa liberación espiritual; para el visitante, una experiencia; para la ciudad, la convivencia de ambas dimensiones.
(Tomado de 4ta Pared, suplemento cultural de Orbe)













