Por Boris Luis Cabrera
Los países del viejo continente dominan a los de América con 12 títulos frente a 10, pero el relato cambia cuando el campeonato aterriza del lado de acá del Océano Atlántico. Allí, Sudamérica ha ganado 7 de los 8 Mundiales disputados y la única excepción fue Alemania en Brasil 2014, un caso que no invalida la tendencia, sino que la matiza.
En América, el factor local no es solo ventaja: es contexto, clima, cultura y presión convertidos en una misma fuerza. El dato es contundente: en ediciones celebradas en este continente, el anfitrión ha terminado campeón en el 87,5 por ciento de los casos y esto, más que una estadística decorativa es una advertencia.
Cuando Sudamérica y Europa se enfrentan en Mundiales disputados en América, la balanza también se inclina. El registro marca 51 victorias sudamericanas, 16 empates y 25 derrotas, un 55 por ciento de superioridad regional.
Brasil 2014 fue la expresión más clara de esa tendencia: nueve victorias sudamericanas en trece partidos. Sin embargo, el desenlace contradijo la corriente. Alemania levantó la Copa en Río. Y ahí aparece la esencia del Mundial: no siempre gana quien domina el contexto, sino quien sobrevive al último partido.
México tendrá un papel singular en esta edición. Será la tercera vez que organice un Mundial, consolidándose como el país con más citas mundialistas como sede. Estados Unidos vivirá su segunda organización, mientras que Canadá debutará en el escenario más grande del fútbol.
Además, el Tri sumará otra estadística llamativa: será su sexta participación en un partido inaugural. El balance hasta ahora es incómodo —tres derrotas y dos empates—, un espejo que recuerda que los estrenos rara vez son amables.
La historia mundialista también guarda advertencias. Solo seis selecciones han sido campeonas como anfitrionas: Uruguay, Italia, Inglaterra, Alemania, Argentina y Francia. La localía empuja, pero no garantiza.
Alemania es el ejemplo más consistente de permanencia: ocho finales disputadas. Un modelo de regularidad que no siempre se traduce en gloria, pero sí en presencia constante en el desenlace.
Y luego está la otra cara del título: su fragilidad. En cuatro de los últimos seis Mundiales, el campeón vigente cayó en fase de grupos: Francia en 2002, Italia en 2010, España en 2014 y Alemania en 2018. La excepción fue Francia en 1998, aunque incluso esa historia tuvo una sombra: el campeón no volvió a marcar en el Mundial siguiente.
Brasil sigue siendo el referente histórico con cinco títulos. Pelé continúa como el único futbolista con tres Copas del Mundo, una marca que atraviesa generaciones sin encontrar réplica.
Lionel Messi añadió una nota singular al relato moderno: campeón del mundo en 2022 tras haber sido Balón de Oro en 2021, una combinación que nadie más ha logrado entre figuras como Cruyff, Baggio, Rummenigge o Cristiano Ronaldo.
El fútbol, en ese sentido, no premia solo la grandeza, sino el instante exacto en que esa grandeza encuentra su escenario.
Los récords también hablan de lo impredecible. El gol más rápido de la historia lo firmó Hakan Şükür a los 11 segundos en 2002, Oleg Salenko marcó cinco goles en un solo partido en 1994, una marca aún intacta, y la final de ese mismo año entre Brasil e Italia fue la primera decidida por penales y la primera sin goles en los 90 minutos.
Quizás esa sea la verdadera lección: el Mundial no pertenece a los favoritos ni a las estadísticas, sino a la fricción constante entre ambas cosas. Europa llega con jerarquía, América con contexto, y el torneo se encarga de desmentir a todos cada cuatro años.
Por eso 2026 no será solo otra edición. Será una nueva prueba para una idea incómoda: que cuando el Mundial se juega en América, la historia no observa desde fuera, juega. Y a veces, incluso, gana.
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