Por Lemay Padrón Oliveros (Enviado especial)
Es Prolongación de División del Norte, que a través de varios kilómetros exhibe una exposición de pinturas al aire libre con varios protagonistas de las Copas del Mundo de fútbol, como el brasilero Ronaldinho Gaucho y el neerlandés Ruud Gullit, entre otros.
Sin embargo, las dos figuras más icónicas del más universal de los deportes en las últimas décadas están muy cerca, separados solamente por una estrecha callecita, como símbolo de que, aunque rivales por naturaleza, ambos se respetan mutuamente y se necesitan en una danza eterna que define la esencia misma de la existencia humana.
Dos fuerzas contrapuestas que, lejos de extinguirse, se buscan y se complementan para rendir al máximo nivel, formando un equilibrio delicado y necesario para que el mundo sea mundo.

Es como el contraste entre la luz y la sombra: sin sombra, la luz sería implacable y superficial, incapaz de otorgar descanso o intimidad.
A través de los años, han demostrado que su antagonismo al representar a clubes que no se dan tregua no es enemistad, sino una relación de respeto profundo, ya que juntos forman un abrazo silencioso en el que se alternan y complementan, tejiendo la tela compleja y hermosa de este hermoso deporte.
Las pinturas en esta calle del DF reunidas bajo el título “La pelota vuelve a casa” parecen una coreografía ancestral que invita a ver más allá de las apariencias, a entender que en la oposición existe también armonía.
Reconocer y aceptar esta coexistencia nos ha brindado a los privilegiados que la hemos vivido uno de los mayores regalos que podemos esperar en el deporte: un recordatorio poético de que en la tensión entre opuestos nace la belleza, y en la aceptación de esta tensión, la plenitud.

También, por qué no, nos invita igualmente a encontrar la paz en nuestras propias dualidades y a reconocer en el otro un reflejo necesario de nuestra propia luz y sombra.
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