Brasil acabó imponiéndose 4-1 ante Italia, en lo que fue la coronación de una generación pletórica de talento encabezada por “Pelé”, pero que tenía muchísima calidad en todas sus líneas.
De hecho, es conocida también como la selección de los cinco 10, pues jugaban habitualmente con ese número cinco de sus futbolistas: Gerson (club Sao Paulo), Tostão (Cruzeiro), Rivelino (Corinthians) y Jairzinho (Botafogo), además de O Rei (Santos).
El técnico Mario Lobo Zagallo tuvo la personalidad para juntar a esos cinco delanteros apenas días antes del inicio del certamen sin traicionar la filosofía de Jogo Bonito que quedó para la eternidad, con laterales muy ofensivos, extremos bien abiertos y dominio a través de la posesión de pelota.
Como el fútbol reúne a quienes hablan el mismo idioma, los junta y genera cohesión de manera natural, no había referencia de área, los defensores rivales perdían la oportunidad de anticipar movimientos.
La discusión del título enfrentaba a dos naciones que presumían dos títulos mundiales cada una, y el vencedor se llevaría para siempre la Copa Jules Rimet, el trofeo original de estos certámenes.
Italia llegó al encuentro con apenas cuatro goles encajados hasta ese momento, las declaraciones de los italianos rezumaban optimismo por los cuatro costados, pero el llamado “Catenaccio” se doblegó ante la magia y sutileza de los brasileños.
Tantos de Pelé, Gerson, Jairzinho y Carlos Alberto acabaron con la resistencia de los europeos; Pelé dio la vuelta olímpica por última vez y quedó como el único jugador en la historia capaz de levantar tres veces la Copa.
Las 140 mil personas que colmaron el estadio Azteca y los 700 millones de seres humanos que vieron el juego por televisión pudieron apreciar el último baile mundialista del mayor mito de estos certámenes.
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