Por Lemay Padrón Oliveros (Enviado especial)
Ya tenían asegurado el primer puesto del apartado A, pero ante República Checa en el estadio Azteca había que darle otra alegría a los aficionados que durante todo el día esperan por eso.
Porque aquí no es solo un juego, ni un simple deporte; es la expresión más pura de una identidad que late al ritmo de cada gol, cada pase y cada carrera que desafía el tiempo.
Ya en el estadio, la primera exclamación colectiva fue cuando salió a calentar el portero Guillermo Ochoa, uno de los tres futbolistas que con este llegaron a seis Mundiales.
Había una pequeña esperanza de que “Memo” abriera como titular, pero en las gradas quedaba el murmullo de que quizás saliera como suplente.
Segundo alarido al minuto 11 por un posible penal a favor del Tri, ni falta hace anotar para constatar que los hijos del balón llevan en sus pies la melodía de la esperanza y en sus corazones la llama incansable de la pasión.
A nadie le importaba que México jugara de blanco, porque desde las esquinas polvorientas de un barrio humilde hasta los estadios colosales que retumban con gritos y cantos, el escudo une a la multitud.
Sabemos que no estamos con nuestra mejor generación, pero en 90 minutos puede pasar de todo, me había dicho antes de entrar al estadio, Vaclav, un aficionado checo.
Es que en el fondo de cada hincha arde un fuego sagrado que solo el fútbol sabe encender: el deseo de ser parte de algo más grande, la promesa de que juntos pueden volar hacia horizontes imborrables y dejar una huella indeleble en la historia.
Al 21 la primera ola recorrió el Azteca y se unieron también los pocos aficionados checos, porque el fútbol no distingue clases, razas o credos; solo reconoce a los que sienten el latido del balón como propio.
Llegó la incómoda pausa de hidratación y la hinchada ansiosa por convertirse en testigo y cómplice de cada hazaña y transformar el encuentro en un ritual de comunión y alegría desbordante.
Una chilena del zaguero Israel Reyes al 37 evocó al momento el espíritu de Manolo Negrete, y al 39 dos disparos más nos recordaron que los 22 sobre la cancha son héroes que no solo corren tras un esférico, sino que llevan consigo la carga sagrada de un sueño compartido.
De la exclamación al «Buuu» en el 43, cuando los checos se acercaron al arco mexicano, y luego volvió el abrazo invisible con que el país envuelve a sus futbolistas y ellos, a su vez, entregan al pueblo un pedazo de eternidad en cada partido.
Reanudado el choque, al 51 fue la primera de los de casa, pero no llegaba el premio a los años de sacrificio y noches sin dormir, librando mil batallas internas para alcanzar la gloria…pero estaba cerca.
Las tribunas temblaron, literalmente, cuando los miles de aficionados saltaron de alegría con el gol de Mateo Chávez al 55, en una hermosa definición de zurda tras esquivar a un zaguero checo.
Esta vez me encontraba lejos de los aficionados, pero el olor a cerveza me llegó como si me la hubiesen derramado encima otra vez, porque aquí cada tanto es un triunfo del alma nacional que se eleva por encima de las adversidades cotidianas.
Se embulló el cuadro azteca y apenas seis minutos después, en una jugada de carambola, Julián Quiñones marcó por segunda vez en esta lid enardeciendo a más de 80 aficionados presentes.
Deportivamente estaba todo dicho, pero el técnico Javier Aguirre todavía se guardaba un cambio y al 73 las tribunas pedían “Olé, olé, olé, Memo, Memo”, hasta que cuatro minutos después “El Vasco” los complació.
El guardameta agradeció a las tribunas cuando gritaron al anunciarse el cambio, y de ahí en adelante no hubo otro protagonista sobre el césped, estuviera donde estuviera el balón; ni hablar de las pocas veces que lo tocó.
Ni siquiera cuando Álvaro Fidalgo al 90+4 puso el tercero, porque ya solo quedaba tiempo para “El Rey”.
Y cuando la pelota finalmente calló, entre los históricos muros de este recinto quedó el eco vibrante de un país unido, el recuerdo imborrable de una pasión que no conoce límites.
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