El más importante es el que lleva en el centro del pecho, ese que identifica al campeón del mundo, el día que cerró el ciclo dorado que tanto se le resistía con su selección nacional.
Tiene también el parche «Legado» en la manga derecha, que rinde homenaje a los jugadores que han participado en seis Mundiales y comparte con el portugués Cristiano Ronaldo y el mexicano Guillermo Ochoa.
Además, en la parte inferior de la manga izquierda exhibe el parche del Balón de Oro, que también porta el atacante luso por haberlo ganado alguna vez.
No son parches meramente de tela o cuero, sino remiendos de pasión, de lucha y de historia, que cubren las heridas de un camino marcado por el genio y resiliencia, esa que le hizo en una ocasión replantearse si quería seguir defendiendo la casa albiceleste.
Pero merece otros más, porque el propio futbolista rosarino parece una figura cosida por el destino con hilos invisibles.
Se convirtió en esta justa en el máximo goleador histórico de la competición, en el que más tantos ha marcado desde fuera del área, el de más victorias colectivas y el único con siete partidos seguidos mandando balones al fondo de las redes contrarias.
Posiblemente no están porque estos últimos todavía los puede mejorar con esa danza con el balón en sus pies que desafía las leyes de la gravedad, cosiendo momentos que se vuelven eternos en la memoria colectiva.
Quizás estos parches que remiten a la gloria le recuerdan que el éxito no llega sin heridas, y le evocan al niño menudo de corazón grande y talento innato que desafiaba la lógica y fortaleció lo que parecía un cuerpo frágil para resistir las tormentas que le deparaba el destino.
En la cancha, bajo la mirada expectante de millones, sin necesidad de etiquetas, Messi se convierte partido a partido en un alquimista que transforma sudor en arte y esfuerzo en belleza pura.
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