No es un día cualquiera y todos lo saben, están ante la oportunidad de derribar una maldición y hasta el clima conspira, porque el día amaneció bañado en la luz dorada de esperanza y triunfo, y no nublado como de costumbre.
Hoy la afición mexicana sabe que para vencer el escollo invisible del quinto partido no se necesita la fuerza bruta, sino el temple sereno de quien sabe esperar y luchar, y ellos pondrán su grano de arena.
La comitiva inglesa ocultó hasta el límite el lugar donde iban a pernoctar, pero en la madrugada se retiró el perímetro de seguridad y algunos atrevidos rompieron el cerco, así que tuvieron su serenata y no pudieron dormir tranquilos (desde Ecuador debe llegar una mueca de resignación).
Las bandas de mariachis y corridos inundan el Pedregal de Santa Úrsula mezclando sus instrumentos de viento y percusión con un estilo profundamente romántico y festivo, y las coreografías tradicionales.
Bailes y trajes típicos se entretejen con la marea verde que comienza a rodear el Azteca en medio del ruido de cornetas y cláxones de los pocos autos autorizados, porque para llegar aquí es imprescindible presentar una entrada para el crucial partido; si no esto sería apoteósico.
Faltan unas cinco horas y todas las calles aledañas (con nombres de santos, por cierto), ya están llenas de sombreros gigantes, caretas de lucha libre y penachos de la época prehispánica, la euforia es incontenible.
En el resto del DF se colocaron 36 pantallas gigantes en diferentes puntos, el doble de las instaladas previamente para evitar aglomeraciones y complacer de alguna manera a todos aquellos que no pueden alentar in situ a la selección.
Sin embargo, las autoridades advirtieron que hay un límite de 25 mil personas, y por eso desde la madrugada comenzaron a reunirse fanáticos, sobre todo en la más emblemática, la del Fan Fest del Zócalo.
Cuando salí a ver el ambiente llevaba puesto un suéter de Argentina y más de uno se acercó a tocarlo: “A ver si nos trae suerte”, y en el recuerdo salía Diego con sus memorables goles de 1986.
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