En la etapa reina, encadenada por Aspin, Tourmalet y el inédito final en Gavarnie-Gèdre, el nuevo “caníbal” convirtió la montaña en un monólogo de potencia que resquebrajó el pelotón y fijó jerarquías desde muy lejos de meta.
Arropado por una guardia que fue dinamitando la carrera relevo a relevo, Pogacar eligió el Tourmalet como tribunal y allí, sin gestos superfluos, impuso un ritmo que dejó a los favoritos reducidos a supervivientes.
El danés Jonas Vingegaard (Visma–Lease a Bike) fue el único capaz de sostener la persecución con dignidad, aunque siempre a la estela de un líder que pedaleó con la calma de quien sabe que cada kilómetro agranda la diferencia.
Tras coronar el coloso con ventaja y registrar un tiempo de referencia en sus rampas, el esloveno descendió con precisión y remató en la subida final para firmar una de las exhibiciones más rotundas de su carrera.
Detrás, nombres ilustres cedieron terreno en una jornada de más de 4.000 metros de desnivel acumulado, mientras el paisaje pirenaico se convertía en un inventario de pérdidas y resistencias tardías.
Pogacar celebró su victoria número 23 en la Grande Boucle, recuperó el maillot amarillo y dejó la general inclinada a su favor en el primer gran examen de alta montaña.
El Tour salió de los Pirineos con una certeza incómoda para el resto: cuando el esloveno enciende la montaña, la carrera deja de ser una suma de etapas para convertirse en una persecución.
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