Ciudad de México, 10 jul (Prensa Latina) Decía el genial Jorge Luis Borges que la derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece, y aunque la afición mexicana hace unos días despidió a su selección, el Mundial sigue en las calles.
Lo que vi aquí con mis propios ojos, y lo que reportaron colegas de otros países en las subsedes de Guadalajara y Monterrey daba la impresión de un carnaval de ilusión colectiva.
Las calles atestadas de familias, aficionados ataviados con disfraces de todo tipo, banderas ondeando y el “Cielito lindo” cada dos pasos, adornaban esta fiesta espontánea que fue mucho más allá de los Fan Fest oficiales.
Comités vecinales, comerciantes, bares y cantinas montaron sus propias “fan zones” sin grandes presupuestos ni permiso de la FIFA, pero con el calor de pueblo gritando cada jugada y coreando cada canción.
La generosidad de la gente común es el mayor tesoro de esta nación sufrida pero hermosa, que se resiste a las etiquetas que le ponen desde el Primer Mundo.
Independientemente de la fiesta futbolera, el espacio público nunca dejó de ser político, porque mientras unos cantaban goles, otros denunciaban recortes, reformas, incumplimientos y desapariciones de seres queridos.
Las vallas metálicas nunca pudieron dividir las dos realidades, la del espectáculo y la de la resistencia, unidos en la misma toma.
Los reclamos nunca pretendieron empañar los festejos, sino recordar la realidad cotidiana, esa que permanecerá cuando se apagan las luces del estadio.
Con las serenatas la calle se convirtió también en herramienta de presión, en recordatorio de que el deporte no deja de ser un campo de batalla donde cada cual intenta explotar al máximo sus herramientas.
Era imposible que el mundo entendiera a México en unos pocos días, pero el certamen del orbe lo mostró en toda su complejidad.
En un final, al Azteca solo podían ir unos pocos privilegiados, el verdadero estadio era la calle.
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