Un estudio publicado en la revista Anales del Instituto de la Patagonia arrojó la ausencia del virus en las rutas migratorias que conectan a América del Norte con el cono sur y la Antártida.
En las temporadas reproductivas de 2024 y 2025, investigadores del CHIC y de la Escuela de Medicina Veterinaria de la Pontificia Universidad Católica analizaron un total de 352 muestras de aves silvestres.
De las pruebas efectuadas, solo una recogida en la península de Punta Gusano, en la Región de Magallanes, resultó débilmente positiva, pero tan tenue que no permitió identificar el subtipo de virus, mientras que el resto dieron negativas.
El monitoreo es el primero realizado desde 2008 en el canal Beagle, un estrecho ubicado en el extremo austral de América del Sur, que conecta parcialmente las aguas del océano Pacífico con las del Atlántico.
El CHIC rastrea, a través de una red de antenas, a las aves migratorias para saber por dónde se desplazan y vigilar si portan carga viral, lo cual convierte al Cabo de Hornos en un punto de alerta temprana en la puerta de entrada al continente antártico.
“Tener este centinela nos permite anticipar lo que ocurre en las rutas que conectan toda América con la Antártida, y hoy la evidencia es tranquilizadora. Un hoy que es justamente la razón para mantener las antenas encendidas”, dijo Rozzi.
Para Pedro Jiménez, investigador asociado al CHIC y profesor asistente de la Escuela de Medicina Veterinaria de la Universidad Católica, generar y mantener sistemas de alerta temprana es fundamental para anticiparse por semanas a un brote, dar aviso oportuno y reforzar la bioseguridad.
Una nota publicada aquí recuerda que, en los últimos años, la influenza aviar se ha convertido en una crisis para la fauna silvestre en diferentes partes del globo.
En Chile durante el brote de 2022 y 2023, el Servicio Agrícola y Ganadero registró más de 94 mil aves silvestres muertas en el país, pero solo 282 en la región sureña de Magallanes.
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