Ciudad de México, 16 jul (Prensa Latina) Ya el noruego Erling Haaland estaba considerado entre los mejores futbolistas del mundo antes que se diera el puntapié inicial en la Copa del Mundo de México, Estados Unidos y Canadá 2026, pero en el transcurso del certamen se multiplicó la admiración global hacia su figura.
Futbolísticamente su paso es incuestionable: se marcha con siete perforaciones en solamente cinco partidos, con el mejor promedio entre todos los depredaros de este certamen.
Decir que él solito eliminó al poderoso Brasil ya de por sí le gana un puesto especial en la historia, pues eso solamente podía gritarlo el italiano Paolo Rossi, quien le hizo un hat trick a la Canarinha en España 1982.
Haaland no es un vikingo cualquiera; su espada no es de acero, sino de goles, y su carácter abierto y desenfadado le granjeó el cariño de millones, incluyendo especialmente en México, que lo asumió como suyo, como si las fuerzas ancestrales de los volcanes y desiertos latieran en él.
Un tipo de casi dos metros que asume como mascota a un pequeño mapache de ojos brillantes y pelaje espeso no deja de ser entrañable, y de alguna manera eso marcó esa fusión entre el norte frío y el sur cálido.
Todo escollo cultural se derritió de inmediato cuando se apropió del «¿Y si sí?» que tanto ilusionó a los mexicanos, y de inmediato Odin se hermanó con la Virgen de Guadalupe.
De ahí en adelante ya los fanáticos del país centroamericano no querían otro campeón que Noruega, y la camiseta roja de la cruz azul comenzó a inundar las calles del DF.
Ni hablar de la celebración de los remeros, que comenzó a verse hasta en el metro capitalino con jóvenes, mujeres y niños, tuvieran puesta la remera nórdica o no.
En definitiva está demostrado que el fútbol puede ser mucho más que un juego, y termina siendo un lenguaje universal que nos une y nos transforma, nos inspira y nos recuerda que, aun siendo diferentes, podemos soñar juntos.
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