El vocero de la Comisión Multisectorial encargada del Estudio Nacional del Fenómeno El Niño (Enfen), Luis Vásquez, declaró a la agencia estatal de noticias Andina que el llamado Niño Costero -que suele afectar con lluvias e inundaciones al norte del país y sequías a los andes centrales y sureños- puede traer también precipitaciones en la parte central de la costa, en cuyas orillas viven los limeños.
En invierno, Lima está normalmente permanentemente nublada, lo cual, por cierto, parece influir en aspectos como las fachadas poco coloridas y los automóviles casi siempre negros, azul oscuro o grises y ese cielo color “panza de burro”, como lo nombraban antaño, se debe a los efectos del encuentro en el mar peruano de las corrientes marinas de Humboldt, fría, y de El Niño, caliente.
El techo de nubes no es permanente, pues en realidad estas avanzan tierra adentro, hacia los andes, donde desfogan; lo cual puede convertirse en pasado por el calentamiento global que, según augurios cientificos, convertirá a Lima en una ciudad tropical, teniendo en cuenta que está en el mismo paralelo de la brasileña ciudad de Sao Paulo.
Hasta hace unos años, la capital peruana solo recibía, en invierno, la llamada garúa, es decir, algo más tenue que la llovizna, pero que se prolongaba por horas y es más molestosa que dañina. Pero, en 1975 le cayó encima una torrencial lluvia que se prolongó por 30 horas, según cuentan los limeños memoriosos.
Como no llovía nunca, las casas tenían solo azoteas planas y no techos de dos aguas, por lo que no solo las viviendas se llenaron de goteras, sino que muchas azoteas se vinieron abajo por el peso del agua acumulada y las calles se anegaban porque nunca llovía, solo había redes de desagüe y no cámaras que absorbieran chaparrones, como sucede hoy.
La única vía rápida de entonces, construida a desnivel, se convirtió en una verdadera piscina en la que cientos de automóviles quedaron varados y en las colinas de los suburbios, donde vivían migrantes andinos, el aguacero arrastró viviendas precarias y los cerros amanecieron de un color azulado nunca visto porque -otra vez- como no llovía nunca, el polvo acumulado sobre las rocas les daba un color marrón.
Tal escenario podría, según el Enfen, traer otra vez lluvias torrenciales para lo cual la antigua Villa de los Reyes no está preparada, pronóstico que podría presentarse en octubre y diciembre venideros, cuando la temperatura se eleve a 38 o 39 grados, siempre y cuando el pronóstico, por ahora, sea solo motivo de sobresaltos y no se haga realidad.
Por lo pronto, El Niño virtualmente ha eliminado el invierno de estos lares, prolongando un verano que se extenderá hasta el primer trimestre de 2027 y que se expresa en el fuerte calor reinante.
También comienza sus efectos en la economía y el empleo, con una caída de más del 70 por ciento en la pesca (porque los peces huyen del calor del mar) y el declive de las ventas de la importante textilería, que preparó ropa de invierno que nadie compra por el agobiante calor que trajo El Niño.
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