Por Mariela Pérez Valenzuela, corresponsal jefa de Prensa Latina en Rep. Dominicana
Fotos: Abel Rojas Barallobre (FotosPL)
Con sus uniformes, mochilas al hombro y la ilusión intacta, caminan hacia las instalaciones deportivas donde, desde mucho antes del primer aplauso del público, comienzan a escribirse las historias de victoria, derrota, sacrificio y compañerismo que dan vida a la mayor fiesta deportiva de la región.
En los pasillos se cruzan decenas de acentos. Unos repasan mentalmente la estrategia, otros escuchan música para aislarse del bullicio y no faltan quienes, con una sonrisa nerviosa, buscan la cámara de un teléfono para enviar un último mensaje a casa antes de competir.

En el Complejo Acuático Juan Pablo Duarte el agua rompe el silencio desde las primeras horas. Allí, el polo acuático escribió las primeras páginas de estos Juegos incluso antes de la ceremonia inaugural.
Cuatro días antes de que el pebetero se encendiera oficialmente, el balón ya surcaba la piscina y las primeras victorias y derrotas comenzaban a dibujar el mapa de las medallas.
A pocos metros, en otros pabellones, el movimiento no se detiene. Voluntarios orientan a atletas y visitantes, oficiales afinan los últimos detalles de cada competencia y periodistas recorren las instalaciones en busca de la próxima historia.
En un escenario estalla un aplauso por una actuación memorable; en otro, un deportista abandona la competencia con la decepción reflejada en el rostro. Así son los Juegos: una sucesión de emociones que cambian en cuestión de segundos.
Pero no todo ocurre dentro de las áreas de competencia. En las zonas comunes desaparecen las rivalidades. Atletas que hace unas horas luchaban por un lugar en el podio ahora intercambian fotografías, conversan, ríen y comparten experiencias. El deporte vuelve a demostrar que, además de competir, también une.
Con el paso de las horas llegan las familias, los estudiantes y los aficionados. Las gradas se llenan de banderas de distintos colores, mientras los aplausos no distinguen nacionalidades cuando una actuación merece el reconocimiento del público.

El Centro Olímpico se transforma en un pequeño retrato de la región: culturas diferentes reunidas alrededor de una misma pasión.
Este sábado algunos celebrarán una medalla; otros regresarán al entrenamiento y a la villa pensando en la revancha del día siguiente.
Santo Domingo vive estos días como una ciudad abierta al deporte. Sus calles reciben a miles de atletas, entrenadores, periodistas y visitantes que convierten cada sede en un espacio de encuentro.
Más allá de los récords y los podios, la gran victoria es ver a Centroamérica y el Caribe reunidos otra vez, 100 años después del nacimiento de estos Juegos, celebrando una tradición que sigue vigente. Los Juegos apenas comienzan. Hay muchas páginas por escribir.
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