Por Jorge Petinaud Martínez, corresponsal jefe en Bolivia
“Soy un artesano”, reiteró con orgullo durante la entrevista concedida a Prensa Latina durante la apertura de la muestra en la institución cultural, situada en la intersección de la avenida Ecuador y Belisario Salinas, en el bohemio barrio paceño de Sopocachi.
“Cuando uno analiza la obra de cualquier artista bueno como Pablo Picassso, Rembrandt, Alberto Durero, Francis Bacon; y los que he conoció en vida como Emerio Darío Lunar, mi compadre, se da cuenta de que lo principal es la disciplina, yo no busco inspiración, que me encuentre trabajando”, dijo Escobar a esta agencia de noticias.
Describió el autor del mural La Revolución cubana, ubicado en las proximidades de la estación principal del transportador por cable Teleférico Rojo, que él se levanta a una hora determinada y siente la necesidad de trabajar 10 o 12 horas diarias, y ese hábito para él resulta un ritual artesanal.
“Hablo en el sentido de rescatar la disciplina de un artesano que labora sin buscar momentos divinos, olímpicos que lo lleven a la eternidad”, expresó.
Consideró el artista que cuando se logra esa constancia uno nunca sabe quién terminó el cuadro, si es el artesano o los ajallus (espíritus) que lo protegen.
“Cuando termino una obra -reflexionó el creador-, siempre desconozco quién la concluyó, porque siempre me supera, y eso quiere decir que existe una simbiosis entre el trabajo disciplinado y artesanal e instancias de traducción de lo invisible”.
Añadió, sin embargo, que, pese a esa disciplina, el artista es un traductor de mensajes, de espiritualidad, pues materializa lo invisible; es un artesano divino, según expresó.
En referencia a la muestra, el crítico y curador Eynar Rosso, dijo a Prensa Latina que llamar artesano a Escobar no constituye un desmerecimiento de su obra; por el contrario, es un elogio al hombre que, con precisión milimétrica y una vida dedicada a su oficio, crea grandes obras.
“Benvenuto Cellini, con esa misma precisión artesanal, realizó el célebre Salero de Francisco I, una de las piezas más extraordinarias del Renacimiento Tardio”, subrayó el estudioso.
Rosso mencionó que en su Manifiesto del Artesano, escrito a comienzos de los años dos mil, Escobar afirma que busca ser un artesano porque ello le permite quebrar los sentidos de la utilidad en beneficio de la tradición, la fantasía y el capricho.
“La artesanía no quiere durar milenios ni está poseída por la prisa de morir pronto; transcurre con los días, fluye con nosotros, se gasta poco a poco; no busca la muerte ni la niega: la acepta”, citó el curador la reflexión de Escobar en la cual el pintor sentencia como filosofía de vida que “la artesanía nos enseña a morir y así nos enseña a vivir”.
Respecto a las obras en exhibición concebida a manera de retrospectiva, Rosso opinó que despiertan en el espectador una mirada paciente, capaz de descubrir las obsesiones, los recursos, las fortalezas y las desilusiones que habitan en los trazos sueltos, convulsos, violentos y, al mismo tiempo, profundamente románticos de Escobar.
Refirió que en la obra denominada Supay, emerge la fuerza de los Andes para encontrarse con la soledad de un “mientras tanto” de un visitante.
Consideró que ese “mientras tanto” es también una espera identitaria. “Una pulsión que sobrecoge. Un umbral incierto entre el mundo de ‘los pasantes’ que celebran la vida y de quienes la abandonan bajo las ráfagas de aire. Pero, al caer la tarde o al comenzar la noche, todos buscamos un ‘beso’ (…) que nos devuelva el alma que hemos ido dejando, poco a poco, entre las sábanas, donde se ven las caras pero nunca el corazón”.
Rosso califica a Escobar de “(…) artesano que ha construido un universo donde la tradición dialoga con la fantasía y donde el imaginario mágico, heredero de la sensibilidad postimpresionista, hace posible que los afectos, la memoria y los amores vuelvan siempre a renacer”.
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