lunes 3 de agosto de 2026

LOS JUEGOS DEL CENTENARIO
JUEGOS CENTROAMERICANOS Y DEL CARIBE

SANTO DOMINGO, REPúBLICA DOMINICANA 
24 de Julio al 8 de Agosto de 2026

Santo Domingo, un museo rodante del desastre automotriz

JCC SANTO DOMINGO 2026
Por Lemay Padrón Oliveros (enviado especial)
Santo Domingo, 1 ago (Prensa Latina) Si algún día deciden hacer un documental titulado "Los autos más destartalados del mundo” los vehículos públicos dominicanos van a estar entre los primeros en el casting.

Sucede que en esta capital, sin ir al interior, que debe ser peor, no hablamos solo de veteranía, sino de verdaderas reliquias vivientes, con más historias de guerra que una interminable telenovela turca, y con todas sus heridas al descubierto.

Aquí en el mismo recorrido nos cruzamos con un minibús que llevaba un amarre de soga en la puerta, y un taxi que se le abrió el maletero abruptamente cuando frenó en un semáforo.

Las cicatrices de las mil batallas vividas sobre las calles de esta capital, donde prima la ley del más fuerte, son evidentes en cada medio público de transporte, cuyos asientos ya tienen más agujeros que el queso suizo, pero eso sí, con una multiplicidad de colores y olores gracias a los innumerables chicles y restos de meriendas antiguas que le han pasado por encima.

A un auto que parece haber sobrevivido a una guerra nuclear no se le puede pedir que funcione la radio, así que si eres melómano mejor asume que estás en un karaoke y encárgate tú mismo de la banda sonora.

El calor en este país es asfixiante, y no esperes aire acondicionado porque es todo al natural: las ventanas abiertas y en el caso de los minubuses las puertas también, para que el valiente que se atreva a abordar no pase trabajo con eso y ni siquiera haga falta frenar.

Es todo un combo sensorial digno de un spa extremo sumado a una clase gratis de habilidades al volante, pues ver a un chofer de carro público aparcar es como ver un mago en acción: maniobras imposibles, giros de 180 grados en espacios diminutos y, como toque final, un acelerón para evitar que un motorista le robe el puesto.

Los paleolíticos autos de los 50 que circulan en La Habana han sido objeto de no pocas burlas, pero pongo mi mano en el fuego de que muchos de los que he visto aquí no pasan el somatón más benévolo.

Bocinazos, gritos y mucha adrenalina forman parte de esta experiencia a la altura solamente de los más osados. ¡Tómate una pastilla para los nervios, agárrate fuerte y disfruta el paseo!

mem/lp

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