Dicho sector navega en 2026 por un escenario de alta complejidad, donde la relativa estabilidad de los suministros se ve amenazada por una acumulación de riesgos geopolíticos, climáticos y económicos que está reconfigurando precios, cadenas de valor y hábitos de consumo a escala global.
La tormenta perfecta que algunos analistas anticipaban comenzó a manifestarse en los mercados y en la mesa de los consumidores.
El mercado de materias primas agrícolas entró en 2026 con cosechas históricamente elevadas y stocks abundantes, lo que inicialmente actuó como un colchón ante las turbulencias.
Sin embargo, esta estabilidad se ve seriamente comprometida. El índice de precios de los alimentos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) alcanzó los 131,1 puntos en julio, su nivel más alto desde enero de 2023.
Ello ocurrió impulsado por el encarecimiento de los cereales, el azúcar y los aceites vegetales. Según el Banco Mundial, el índice global de precios de los alimentos podría aumentar un 2,5 por ciento en 2026, con los riesgos claramente sesgados al alza.
El detonante principal de esta nueva presión inflacionaria es el conflicto en el Medio Oriente y el cierre casi total del estrecho de Ormuz, que disparan los costos energéticos y de los fertilizantes.
La interrupción del suministro de gas natural, materia prima clave para los fertilizantes nitrogenados, y el encarecimiento de la urea y el fosfato están elevando los costos de producción agrícola en todo el mundo.
Esta crisis de insumos se está traduciendo en precios más altos para el trigo, el maíz y el azúcar, con los mercados europeos y norteamericanos ya sintiendo el impacto de una cosecha de cereales que se prevé inferior al récord anterior.
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