Por Martha Andrés Román
Desde antes de que el artista apareciera este domingo sobre el escenario del Taguaparque, en Brasilia, ya podía sentirse que esta no sería una noche cualquiera: la fila para entrar al lugar del espectáculo parecía interminable y, en total, 25 mil personas se congregaron para disfrutar de su música, según cálculos de los organizadores.
Como pudo comprobar Prensa Latina, el recinto estaba repleto: familias enteras, parejas, grupos de amigos, jóvenes, niños y adultos mayores conformaron una audiencia diversa que hizo suyas las creaciones del artista bahiano.
Incluso cuando ya el concierto había comenzado, poco después de las 20:00, hora local, la larga fila todavía avanzaba hacia la entrada, y desde afuera los enamorados de la obra del cantautor comenzaron a cantar.
Adentro, Caetano abrió su presentación con “Branquinha”, y a partir de ese momento inicial el Taguaparque respondió como si las miles de personas reunidas allí hubieran ensayado juntas durante años.
Los coros se levantaron casi desde el primer verso y acompañaron al intérprete en una de esas escenas que explican mejor que cualquier cifra la dimensión de un artista.
Después llegó “Gente” y nuevamente el público vibró, como muestra de esa capacidad que tienen los temas de Caetano para instalarse en la memoria colectiva y atravesar generaciones.
Escucharlas en vivo, entre tantas personas que conocen las mismas letras, multiplicó esa sensación y creó una complicidad colectiva que podía apreciarse en las miradas, las sonrisas y los gestos de quienes compartían aquella experiencia.
Allí había niños que apenas empiezan a descubrir su música y ancianos que probablemente llevan décadas escuchándola. Entre ambos extremos estaban jóvenes y adultos que cantaban con entusiasmo, algunos con los ojos cerrados, otros abrazados, muchos grabando con sus teléfonos fragmentos de una noche que querían conservar.
Pero ninguna pantalla conseguía capturar completamente lo que ocurría allí, porque la voz de Caetano llegaba al público y regresaba transformada en un coro multitudinario. A ratos era posible escucharlo con claridad; en otros, las voces de los asistentes parecían apoderarse de las canciones.
El espectáculo formó parte de la celebración de los 80 años del Servicio Social del Comercio, que organizó durante el fin de semana una programación gratuita en el Taguaparque, con actividades culturales, deportivas, de salud, bienestar y convivencia.
La presentación de Caetano fue un excelente cierre para esos festejos, en una velada que tuvo a la música como aliada perfecta para unir y conmover.
El artista, que incluyó en el concierto un homenaje a otra grande de la cultura brasileña, Gal Costa, no necesitó grandes artificios para conquistar a los asistentes. Bastaron su voz, sus canciones y esa manera tan particular de recorrer la música, entre la delicadeza, la experimentación y la poesía.
Si, como dice su obra “Desde que o samba é samba”, cantar es un modo de alejar la tristeza, esta noche, en el Taguaparque, miles de personas hicieron suyo ese verso y demostraron que, al menos en ese momento, cualquier tristeza había sido desterrada.
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