McNulty, que encontró en el circuito canadiense el escenario perfecto para escribir una página dorada, resistió la persecución de sus rivales hasta cruzar la meta con el maillot arcoíris sobre los hombros.
El triunfo devolvió a Estados Unidos una corona que no conquistaba desde 1993, cuando Lance Armstrong se impuso en Oslo, y puso fin a 33 años de espera para una nación acostumbrada a mirar el arcoíris desde lejos.
La carrera, extendida durante 273 kilómetros y castigada por las repetidas ascensiones del Mont-Royal, comenzó con una escapada numerosa que llegó a disponer de más de ocho minutos antes de que el pelotón decidiera encender la mecha.
Francia aceleró primero para quebrar la fuga y el ritmo terminó desmantelando poco a poco el pelotón, mientras el español Enric Mas, una de las principales cartas de su selección, cedía antes de entrar en la batalla decisiva.
Con el circuito convertido en un campo de batalla, los ataques se sucedieron sin tregua y el neerlandés Mathieu van der Poel, del Alpecin-Deceuninck, asumió el protagonismo al lanzar una ofensiva que solo Quinn Simmons y Oscar Onley pudieron neutralizar.
El belga Wout van Aert y el esloveno Primoz Roglič intentaron cerrar la brecha, mientras el mexicano Isaac del Toro, el español Juan Ayuso, el belga Remco Evenepoel y el francés Paul Seixas se mantenían al acecho en un grupo perseguidor.
Pero mientras las grandes figuras intercambiaban golpes y vigilancias, McNulty administraba fuerzas con la paciencia de quien sabía que el Mundial se decidiría cuando las piernas comenzaran a cobrar cada factura.
El estadounidense lanzó entonces su ofensiva a 32 kilómetros de la llegada y abrió una brecha que transformó la carrera en una persecución contra el reloj, con cada repecho de Montreal convertido en una muralla entre el líder y sus perseguidores.
Detrás, el australiano Michael Matthews, del Team Jayco AlUla, y Van der Poel protagonizaron la pugna por las medallas, aunque ninguno pudo impedir que el corredor del UAE Team Emirates-XRG ampliara su ventaja hasta hacer inalcanzable el sueño.
McNulty completó así una jornada de resistencia y estrategia en la que Estados Unidos trabajó como un bloque para llevar a su hombre hasta la última batalla, y él respondió con el golpe definitivo.
En Montreal, donde la carretera exigió subir una y otra vez hasta el límite, McNulty fue quien conservó una reserva de fuerzas para la última embestida y convirtió 273 kilómetros de sufrimiento en una eternidad de gloria.
El arcoíris vuelve a Estados Unidos después de 33 años y lo hace sobre los hombros de un corredor que esperó hasta que la carrera quedó reducida a piernas exhaustas para lanzar el ataque que cambió la historia.
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