“En lugar de desviar fondos de la salud, el medio ambiente y la transición energética para financiar al ejército, debemos invertir más en esos ámbitos, si bien se requiere algún tipo de protección, la atención debe centrarse en cómo garantizar una defensa eficaz con menores emisiones y a un coste reducido», puntualiza un artículo de la revista The BMJ.
Invertir más en el ejército no es una solución al cambio climático y puede costar nuestra seguridad, advirtieron los especialistas.
Muchos actores ignoran cómo la guerra y las actividades militares cotidianas, como el suministro de energía a las bases y para el entrenamiento y la movilidad, son en sí mismas multiplicadores del cambio climático.
Las emisiones anuales de gases de efecto invernadero del Departamento de Defensa de Estados Unidos superan las emisiones anuales de muchos países, aseguraron los científicos.
Los investigadores advirtieron que las guerras en sí mismas provocan grandes picos de emisiones, especialmente cuando los objetivos incluyen infraestructuras de petróleo y gas natural.
Coincidieron en que las reducciones sustanciales de emisiones solo se producirán cuando las fuerzas armadas reduzcan su tamaño y huella ambiental.
Los científicos lamentaron que a medida que las naciones destinan mayores proporciones de sus presupuestos a usos militares, hay menos recursos disponibles para el clima, la educación y otras necesidades humanas básicas.
Esta situación no solo tiene implicaciones a largo plazo para la salud, sino que también crea un círculo vicioso en el que el estrés climático desencadena conflictos por los recursos que justifican un mayor gasto militar, lo que a su vez desvía fondos de medidas que podrían interrumpir dicho ciclo, alertaron los expertos.
La verdadera seguridad debe sopesar las ventajas y desventajas del gasto militar y social en función de sus implicaciones para el clima, y los gobiernos deberían destinar una parte de sus fondos de seguridad a la adaptación al cambio climático, concluyeron los científicos.
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