Allí, se fundió Lula con el pueblo que lo sigue y apoya, mimetizado con los ciudadanos de a pie, constató este cronista.
Por Gustavo Veiga*
Lula no tiene mediadores entre la multitud. Va hacia ella y se guarece en su pueblo. No se aleja, sabe dónde está. Acercarse a un presidente suele generar el efecto contrario. Puede resultar una proeza si tiene una custodia ostensible. Uniformados, patovicas de cuello grueso y una guardia pretoriana alrededor. Autos blindados, “handys”, móviles de apoyo y un despliegue disuasivo.
Ése no es el caso de Lula, montado a una camioneta bajita que se mueve lenta como un caracol. El histórico dirigente del PT es capaz de mimetizarse entre la gente una y otra vez.
Como un ser querido que recibe abrazos, palmadas y gestos de fe en lo que representa. La esperanza, acaso la última en América Latina, para detener al neofascismo. En ese lugar lo encuentra este momento de Brasil que este domingo vive un día histórico.
Lula volvió el sábado a la avenida Paulista como en 2022, y cerró la campaña arropado por el cariño de sus seguidores, admirado y festejado con las manos en “ele”, un gesto que identifica a sus votantes y militantes.
Ellos y ellas -las mujeres son mayoría en su feligresía- son una amalgama de compromiso antifascista, que repudia a Donald Trump y anda por la vida con una mirada politizada.
Esa vanguardia esclarecida combina con una vertiente afectiva, sentida, expresada en la clase trabajadora desde donde surgió el magnético dirigente. Un hombre curtido en mil batallas al que poco lo puede intimidar una más. La llamada batalla cultural de la extrema derecha global.
Lula fue tornero mecánico, convocó a miles de obreros en asambleas, encabezó huelgas contra la dictadura brasileña, representa al Nordeste como nadie y a las periferias de las grandes ciudades del sudeste donde sembró su semilla con pragmatismo.
Por eso no sorprende cuando se aproxima, detrás de un gran camión donde podría haber estado tres o cuatro metros más arriba, subido como a la cubierta de un barco.
Él no, prefirió moverse a la par de las personas que lo seguían a pie por una avenida repleta, que le salían al paso, que le sacaban fotos, lo acompañaban y hasta lo lloraban conmovidos por su último esfuerzo electoral.
Ahí iba el presidente carismático, al grito de “Bora Lula”, ese canto que suena dulce a sus oídos. En busca de su última oportunidad.
*El autor es periodista y analista político argentino, profesor de periodismo y comunicación en las universidades de La Plata y Buenos Aires quien colabora con Prensa Latina. En este momento, está en San Pablo, Brasil
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