Por: Mario Muñoz Lozano
Cuando me agarra «el gorrión por Cuba» -cuenta una amiga que lleva aquí más de 20 años y todavía extraña-, me levanto de la cama, calzo los zapatos, y me voy a dar un paseo por el Coliseo…
No terminó la frase, pero la entiendo. Roma transpira siglos, sus paredes atesoran infinidad de secretos y anécdotas por descubrir. No por gusto la Unesco la destaca como la ciudad de mayor amplitud y riqueza de su patrimonio mundial.
Desde que llegué a la capital italiana padezco el síndrome de la mesa buffet, como le llamo a esas oportunidades que me ha dado la vida de tener muchas cosas atractivas ante mis ojos, saber que no podré con todas, y tener que decidir cuál escoger.
Entre mis compromisos aquí está el de compartir, relatar un posible itinerario de paseo para amistades y visitantes, pero la realidad es que deberá ser más de uno para no defraudar y ser justo con tantos lugares inigualables de la Ciudad Eterna y de toda Italia.
Uno pudiera comenzar frente al Coliseo, que junto al Foro Romano y el Palatino, forma parte del gran parque arqueológico del corazón de Roma, uno de los sitios más visitados del mundo.
Al Coliseo es obligatorio entrar, no hay excusas, si quieres conocer la grandeza y sabiduría que logró acaparar el imperio romano, uniendo sus conocimientos con los de otros pueblos conquistados; si el paseo coincide con el primer domingo del mes, hay un atractivo adicional: la entrada es gratis.
Y si te agarra la caída de la tarde, cuando poco a poco los turistas abandonan la arena, verás que, entre los arcos iluminados, las piedras comienzan a contar leyendas de emperadores, gladiadores, fantasmas y santos.
Dicen que alguna vez los muertos regresaban por la noche a recorrer sus túneles. Cuentan también que una antigua profecía vinculó para siempre el destino de la urbe milenaria al de sus ruinas. Nada de ello figura entre las certezas de la arqueología, pero pocas ciudades han sabido conservar como Roma el derecho a caminar junto a la historia.
Ya después del selfi, también obligatorio, y de sentirte como el actor Russell Crowe en los pantalones de Máximo Décimo Meridio, la propuesta es andar, apenas unos metros, para que la vista choque con el anfiteatro Flavio, dominante en el paisaje como una pieza que el tiempo no consiguió apartar del centro urbano.
Desde allí, los pasos te conducirán hasta el Arco de Constantino, uno de los puntos habituales para contemplar el anfiteatro y tomarse otra foto, desde una de esas perspectivas en las que las imágenes parecen quedarse pequeñas frente a la dimensión del monumento.
El camino puede continuar por Via dei Fori Imperiali, avenida peatonal que atraviesa el área arqueológica y permite observar, a ambos lados, restos de templos, basílicas y edificios que alguna vez fueron escenario de la vida política y religiosa de Roma.
Mejor no apresurarse: detente. Desde determinados puntos se divisan el Foro y el Palatino, mientras el movimiento de visitantes recuerda que aquel espacio, donde durante siglos se concentró el poder imperial, es ahora uno de los lugares más concurridos de la ciudad.
Después puedes tomar el camino hacia Monti, uno de los barrios más próximos, con sus calles estrechas, pequeñas plazas, cafés y comercios que conviven con el bullicio de los turistas.
Entre sus atractivos, la basílica de San Pietro in Vincoli, donde se conserva el célebre Moisés de Miguel Ángel, y el parque del Colle Oppio, desde el que pueden obtenerse nuevas vistas del Coliseo y el Palatino.
La pausa para comer puede ser en Antico Forno Serpenti, fácil de encontrar por el aroma de sus populares pizzas y focaccias recién salidas del horno. Un poco más adelante, nada como disfrutar un helado artesanal en la Gelateria dell’Angeletto, con sabores clásicos y propuestas menos habituales que hacen agua la boca.
El itinerario puede terminar en el Circo Massimo, al pie del Palatino, lugar donde en tiempos remotos se celebraban carreras de carros tirados por caballos y grandes espectáculos públicos.
Allí, puedes encontrar un amplio espacio al aire libre para descansar y meditar sobre la experiencia reciente en una ciudad tan linda como enigmática, donde se desdibuja el peso de los siglos y que te lleva a relativizar la noción del tiempo y lo vivido.
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