Desde los mercados agrícolas hasta los restaurantes, pasando por las explotaciones rurales transformadas en parques temáticos, la llamada “economía de la calabaza” mueve en el país más de 30 millones de euros, según estimaciones de la Confederación Nacional de Cultivadores Directos (Coldiretti).
La festividad, de origen anglosajón y popularizada por la cultura estadounidense, encontró en Italia un terreno fértil para expandirse.
Cada año, al acercarse el 31 de octubre, las calabazas abandonan los campos y llegan a escaparates, plazas, restaurantes y hogares, convertidas en protagonistas de una temporada que combina tradición agrícola, gastronomía y entretenimiento.
La cosecha italiana de este año supera los 110 millones de kilogramos, aunque registra una disminución del 15 por ciento respecto a la anterior, de acuerdo con los datos divulgados por Coldiretti.
Unas seis mil hectáreas están dedicadas a su cultivo, principalmente en Lombardía, Emilia-Romaña y Véneto, seguidas por Campania, Lacio, Liguria, Sicilia y Toscana.
No todas terminan convertidas en las conocidas figuras iluminadas que adornan puertas y ventanas durante Halloween. Muchas llegan a las cocinas para transformarse en sopas, cremas, pastas rellenas, risottos, guarniciones y dulces, mientras otras se destinan a la decoración de viviendas, comercios y espacios públicos.
El precio medio al consumidor oscila entre dos y tres euros por kilogramo, aunque puede duplicarse o triplicarse cuando se vende pelada y cortada, lista para cocinar.
La producción, sin embargo, no estuvo exenta de dificultades porque las granizadas, las lluvias torrenciales y las temperaturas excepcionalmente elevadas afectaron diversas zonas agrícolas, redujeron los rendimientos y elevaron los gastos de los productores.
En Lombardía, por ejemplo, una de las principales regiones del sector, la cosecha disminuyó alrededor de 20 por ciento frente al año precedente, según Coldiretti.
Así, entre disfraces, escaparates decorados, campos abiertos al público y recetas de temporada, Halloween pone en movimiento una cadena económica que comienza en las explotaciones agrícolas y alcanza mercados, restaurantes, comercios y destinos turísticos.
La calabaza, humilde protagonista de la cosecha otoñal, se convierte por unos días en símbolo de una celebración que Italia incorporó a sus costumbres, pero que también supo adaptar a su propia identidad rural y gastronómica.
Y mientras unas iluminan las ventanas con sus rostros tallados, otras esperan en los mercados y las cocinas su destino entre ollas, hornos y mesas familiares. Todas forman parte de un mismo fenómeno: una fiesta que, además de asustar y divertir, mueve millones de euros y hace del otoño italiano una temporada teñida de naranja.
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