Foto: Panchito González (FotosPL)
El béisbol, que suele premiar a los audaces, ahora obliga a los pinoleros a sentarse en el banco del destino. Con balance final de dos triunfos y cuatro fracasos, los dirigidos por Sandor Guido amanecieron en el quinto lugar de la tabla, suspendidos en una frontera invisible entre la esperanza y la despedida.
Guido, conocido como el Rey Midas del béisbol nicaragüense por su historial de títulos y gestas en la Liga Profesional, no puede hoy mover fichas ni cambiar lanzadores. Su estrategia es otra: mirar al cielo caraqueño y confiar en que Cuba caiga ante los Caimanes de Barranquilla, ya clasificados, y que Curazao también tropiece frente a los Navegantes de Magallanes. Solo así los Leones podrán colarse como el último pasajero del tren semifinalista.
La paradoja es cruel y poética: Nicaragua depende de los demás, pero se aferra a su propio mérito, el triunfo conseguido ante Cuba, que le daría la ventaja en un eventual desempate. No es solo aritmética deportiva; es una cuestión de resistencia emocional, de creer que el béisbol todavía guarda una página escrita para ellos.
Ayer, al menos, los Leones cumplieron con su parte del guion. Sobre el diamante del Estadio Fórum La Guaira, rugieron con autoridad y doblegaron 10-2 al Club Daom de Argentina, y le recordaron al torneo que aún estaban vivos. Un racimo de cuatro carreras en el segundo episodio marcó el pulso del desafío y abrió una brecha definitiva.
Edgardo Fermín lideró la ofensiva con doble y cuadrangular, Deivi Muñoz aportó tres imparables y una impulsada, y Oswaldo Arcia empujó dos más para sostener el vendaval ofensivo. Desde el montículo, Armando Vázquez trabajó cuatro entradas y un tercio con seis ponches, antes de ceder el testigo a un bullpen que cerró el juego sin fisuras.
Hoy no hay batazos ni lanzamientos para Nicaragua. Hay silencio, relojes y marcadores ajenos. Los Leones esperan, como quien escucha pasos en un pasillo oscuro, sin saber si anuncian la puerta que se abre o el final del camino. En Caracas, su destino ya no se juega en el terreno, sino en la fe.
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