Lucescu, figura cardinal del fútbol europeo de las últimas décadas, permanecía ingresado en un hospital de Bucarest desde el incidente cardíaco que terminó por apagar una vida consagrada al deporte rey y su deceso cierra un capítulo brillante en la historia del balompié rumano e internacional.
Nacido el 29 de julio de 1945 en esta ciudad, el también exseleccionador nacional edificó una trayectoria marcada por la constancia, la inteligencia táctica y una notable capacidad para reinventarse en distintos contextos competitivos.
Como entrenador, dejó una huella profunda en clubes de varias ligas europeas. Conquistó títulos en Rumanía, Turquía, Ucrania y Rusia, al frente de equipos como el Dinamo Bucarest, Rapid Bucarest, Galatasaray, Beşiktaş, Shakhtar Donetsk y Zenit de San Petersburgo.
Su paso por el conjunto ucraniano resultó especialmente prolífico, al acumular ocho ligas, seis copas nacionales y una Copa de la UEFA durante más de una década.
En Turquía, alcanzó la cúspide continental al ganar la Supercopa de Europa con el Galatasaray, además de sumar títulos domésticos que consolidaron su prestigio en el fútbol otomano.
Lucescu también dirigió selecciones nacionales, incluida la de Rumanía en dos etapas, siendo la más reciente iniciada en agosto de 2024. Sin embargo, tras no lograr la clasificación al Mundial de 2026, presentó su renuncia pocos días antes de sufrir el infarto que derivó en su fallecimiento. Dueño de una visión estratégica refinada y de una inquebrantable vocación formadora, su legado trasciende los trofeos: perdura en generaciones de futbolistas y en la memoria de un deporte que hoy despide a uno de sus sabios más longevos.
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