Independientemente del contraste con el resto de las sedes, sobre todo Estados Unidos, esta tierra no pide papeles porque no hay fronteras que puedan contener el anhelo profundo de acoger a todos con la misma pasión con que el mar besa las costas.
La última “victima” fue Marruecos, cuyo entrenador, Mohamed Ouahbi, quedó fascinado por el apoyo recibido este lunes en el estadio de Monterrey, donde sus pupilos avanzaron a octavos de final tras eliminar a Países Bajos en tanda de penaltis.
En el llamado Gigante de Acero Ouahbi pronosticó que el Tri se va a ‘sentir como en casa’ en el venidero certamen del orbe, cuando la nación africana sea una de las sedes.
El cabecilla de los Leones del Atlas confesó en conferencia de prensa que desde hace tiempo sigue a México y su fútbol, pero la muestra de apoyo recibida fue algo que le cautivó, y por eso devolverán el gesto en el siguiente Mundial.
Van a venir y se van a sentir como en casa, van a tener un estadio lleno de fans para ellos, el pueblo marroquí devolverá lo que los fans mexicanos han dado hoy, comentó.
Es que la tierra aquí no solo es fértil para el maíz y el chile, sino para el alma que busca cobijo, para el corazón que anhela pertenecer aunque sea por un instante y convertir una gratitud en parentesco.
Desde el norte árido hasta la selva exuberante del sur, en cada mirada que se cruza, en cada palabra compartida, se percibe ese espíritu generoso que no conoce límites.
Pasó antes con Surcorea, que llegó al Mundial como rival, pero México ya la tenía guardada en otra carpeta del alma, y aunque no se acercó geográficamente, dejó huella sentimentalmente.
Luego aparecieron Japón, Colombia, Uruguay y España, hasta las más impensadas Suecia, República Democrática del Congo, Túnez, República Checa y Uzbekistán, a todas les quedó claro que México abraza antes de entender.
Las escenas de foráneos comiendo tacos valen más que cualquier discurso de integración cultural y el brindis vale tanto como una visa, porque aquí la formalidad dura lo que tarda alguien en decir: “pásale”.
No importa de dónde vengas ni a dónde vayas, porque al entrar en este país te envuelve inmediatamente el calor de una gente que sabe que la verdadera riqueza reside en el encuentro.
Algunos llegaron con su imaginario de ceremonia, orden, distancia y respeto contenido, pero terminaron absorbidos por la escuela mexicana del desorden afectivo; llegan haciendo reverencia y regresan cantando mariachis.
Sin saberlo, cuando se manchan la camisa con un taco, aprenden una grosería útil o se dejan abrazar por un chaparrito excedido de cariño ya cruzan una frontera que no aparece en los aeropuertos.
México tiende la mano sin reservas, convierte en puentes las diferencias bajo el concepto de que todos somos hijos de una misma estrella, y por eso da la bienvenida sin condiciones, con abrazos que calientan el alma.
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