Por Lemay Padrón Oliveros (Enviado especial)
Piezas de origen paleontológico, como restos de mamuts que alguna vez pisaron con majestad estas tierras, confluyen con grafitos de los pueblos precolombinos y restos de la cultura teotihuacana encontradas en el mismo lugar donde se levanta el Museo.
Al ser el centro de abastecimiento alimenticio de la población aborigen, en sus alrededores se han encontrado importantes petroglifos (grabados en piedra) con diversos simbolismos religiosos, un eco tallado en el alma misma del pasado.
Xochimilco fue uno de los cinco grandes lagos que integraban la Ciudad de Tenochtitlán, junto a Xaltocán, Zumpango, Texcoco y Chalco, por lo que la cultura del agua y sus productos están muy presentes en los residuos hallados.
Al atravesar sus umbrales, uno se encuentra rodeado por vestigios que son fragmentos vivientes de una historia que respira aún en la quietud museográfica, guardianes fósiles de un mundo extinguido, símbolos de la fe, los mitos y la cotidianeidad de los antepasados.
Cada piedra parece contar un relato enigmático, un verso grabado en el lienzo pétreo del universo, y en tiempos de Mundial de fútbol un llamado a preservar la memoria.
El museo no es una tumba del pasado, sino un vivero donde el ayer y el hoy conversan en un lenguaje de colores, formas y sonidos.
Entre sus funciones actuales están los talleres variados para niños, donde los pequeños puedan reflejar a través de técnicas de arte lo que ven y aprenden en el museo.
Allí pudimos apreciar una muestra de lo que era el antiguo juego de pelota, antecedente milenario del fútbol que vemos hoy, una reverencia a la vida que fue y que permanece en un abrazo eterno.
Así, el pasado se vuelve presente para aquellos que buscan la esencia de un pueblo, de una cultura, de un destino compartido.
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