Sus vistas, que parecen irreales por la intensidad del color del agua —producto de minerales disueltos y de la profundidad del cráter—, se mantienen aún fuera de las rutas turísticas más concurridas de Ecuador.
El descenso hasta la orilla del lago requiere una caminata empinada de aproximadamente una hora, y el ascenso de regreso es considerablemente exigente, lo que disuade a muchos visitantes ocasionales.
En los alrededores, comunidades indígenas kichwas ofrecen alojamiento y guía, permitiendo un acercamiento a la vida rural andina. La laguna forma parte de la Reserva de Producción de Fauna Cuyabeno en su área de influencia, aunque el cráter en sí constituye un atractivo independiente.
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