Se trata de modelos muy particulares de los años 50 sobre todo, bien conservados aunque a costa de transformaciones en motores y otras piezas por la falta de recursos del país, y una economía fuertemente maltratada por presiones de Estados Unidos, tal y como lo comentan guías.
Mencionan que rugido de un motor que parece venir de otra época resuena en el Malecón. No es una grabación ni una película, es la banda sonora diaria de una ciudad convertida en museo rodante, donde aproximadamente 70 mil automóviles de las décadas del 40 y 50 circulan.
En La Habana, los autos antiguos no son una rareza: son el paisaje cotidiano, el transporte público y, sobre todo, uno de los principales imanes turísticos de la isla.
La historia de estos Almendrones (como los llaman cariñosamente los cubanos) comenzó con un hecho geopolítico.
Cuando Estados Unidos impuso trabas comerciales a Cuba en la década de 1960, “ya no pudimos importar automóviles», explica Ada García, guía de tours de Intrepid Travel. «Tuvimos que arreglárnoslas con lo que teníamos, así que la gente aprendió a reparar estos automóviles y mantenerlos en funcionamiento».
Lo que en cualquier otro país del mundo sería chatarra, en Cuba se convirtió en un símbolo de resiliencia y creatividad.
Motores de gasolina convertidos a diesel, piezas soviéticas o chinas adaptadas a motores americanos, tanques de combustible improvisados con electrodomésticos. «Las piezas se pueden importar, pero son extremadamente caras», confiesa Ramón Ventura, propietario de un Plymouth 56.
Entre los cientos de modelos que circulan por La Habana, hay uno que merece mención especial.
Un Plymouth 1956, de color verde y propiedad de Ventura desde 1983, fue el ganador absoluto del Primer Concurso de Autos Clásicos de La Habana en 2018, con un insólito 98 por ciento de sus partes originales conservadas.
«Es una afición a la que dedicamos mucho tiempo», afirma este ingeniero, cuyo vehículo se convirtió en embajador de la cultura automotriz cubana. Pero el Plymouth no está solo, pues las calles habaneras son un desfile permanente de modelos que hacen soñar a los coleccionistas.
Aparecen Chevrolet Bel Air 1955-1957: Considerado el más icónico y común de la isla. Su silueta inconfundible y sus líneas curvas lo convierten en el rey indiscutible de las fotos turísticas.
Le sigue el Ford Fairlane 1950s: Especialmente codiciado el modelo Skyliner con su techo retráctil pionero, junto al Pontiac Chieftain: Con sus faros redondos y parrilla cromada, un clásico que abunda en la capital.
Otro destacable es el Oldsmobile Super 88: Potencia y elegancia de los años 50 aún rugiendo por el Malecón, y el Buick Special y Eight: Líneas aerodinámicas que definieron una era.
Un par de modelos indiscutibles son el Dodge Kingsway y Custom Royal: De las décadas del 50, con un estilo imponente, y el Cadillac, Mercury, Studebaker: parte de la constelación de marcas que completa el paisaje vintage.
«Para Cuba, los autos clásicos marcan su identidad, es uno de los mayores valores que tiene, junto a su gente, cultura e historia», sentencia Alejandro Barrios, director del Hotel Iberostar Grand Packard. «Muchos de los turistas que vienen hoy a Cuba buscan estos autos viejos tan bien conservados».
El fenómeno va más allá de la contemplación. Para los turistas, subirse a uno de estos coches es una experiencia obligatoria.
El costo promedio de un recorrido en auto clásico oscila entre 20 y 30 dólares por hora, dependiendo de la ruta y la marca del vehículo. Los choferes permiten parar donde el cliente desee para tomar fotografías, convirtiendo el paseo en una sesión fotográfica rodante.
La verdadera magia ocurre debajo de esas carrocerías relucientes. Un Chevrolet Bel Air 1957 puede esconder el motor diesel de un Toyota Hilux, con transmisión manual de columna, como descubrió un viajero en 2017.
Roxana Arroyo es la única mecánica automotriz mujer conocida en la capital, y lo expresa con orgullo: «No solo La Habana, sino toda Cuba está llena de autos clásicos, autos viejos, y es bonito porque son autos que ya son obsoletos en el mundo, hay pocos, pero no aquí, aquí siguen vivos”.
Incluso la modernización se asoma con la llegada de motos y vehículos eléctricos de origen chino, pero nada parece amenazar el reinado de las grandes latas americanas.
Como en la película de James Bond Die Another Day, donde el agente 007 recorre La Habana en un auto vintage llamando Mojito a Halle Berry, la ciudad sigue siendo ese lugar donde el pasado se niega a morir y los turistas pagan por viajar en él.
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