Por Lemay Padrón Oliveros (Enviado especial)
La ola humana, cálida y desbordante, tejió un relato de pasión, esperanza y hermandad en el debut de la selección sudamericana contra Uzbekistán teñida de amarillo, aunque la selección jugó con su segundo uniforme, en el que predomina el azul.
En las plazas, bares, sitios de interés histórico y turístico, el color amarillo se convirtió en un himno visual adornado con camisetas, banderas, bufandas, y hasta el rostro pintado con destellos áureos, reflejando el fervor de millones que ven en su selección mucho más que un simple equipo.
Es la expresión de una cultura, una identidad y un sueño compartido en medio de un mar humano ondulante, un espectáculo visual y sonoro que envolvía a jugadores y espectadores.
Fuera de las canchas la marea amarilla también dejó huella en las relaciones humanas y culturales.
Las calles de esta capital, y especialmente en los alrededores del estadio Azteca, se convirtieron en corredores de alegría donde el fútbol sirvió como puente de fraternidad y esperanza.
La pasión de loa aficionados nos recuerda que el fútbol es mucho más que un deporte; es un espejo donde se ven reflejadas las pasiones, luchas y esperanzas de los pueblos.
Sonó el silbato para marcar el final del partido, pero la marea amarilla seguía viva en cada plaza, cada corazón, cada memoria, en una muestra más de que el fútbol puede unir y transformar, y un simple color puede encender una llama que nunca se apaga.
ro/lp


















