martes 21 de julio de 2026

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Latidos: Los antiguos dioses aún susurran entre las piedras

MUNDIAL DE FúTBOL 2026
Ciudad de México, 19 jun (Prensa Latina) El vasto complejo arqueológico de Teotihuacán, situado a apenas una hora de esta capital, no es solo un vestigio de civilizaciones pasadas; es un portal evocador que nos transporta a una época en que hombres y dioses coexistían bajo la misma atmósfera sagrada.

Por Lemay Padrón Oliveros (Enviado especial)

Caminar por la Calzada de los Muertos es adentrarse en un relato tejido con el tiempo y el misterio. Esta avenida majestuosa, de aproximadamente dos kilómetros de longitud, fue la arteria principal de una urbe que llegó a albergar más de 100 mil habitantes.

Cada paso sobre sus piedras desgastadas parece despertar ecos de rituales olvidados, procesiones solemnes y la vibrante vida cotidiana de sus habitantes, y a los lados, pirámides monumentales emergen como gigantes dormidos que observan silenciosos el paso de los siglos.

La Pirámide del Sol, la mayor de todas, se alza imponente hacia el cielo azul, y aunque en estos momentos no se puede subir por sus escalones empinados, podemos imaginarnos a los antiguos teotihuacanos contemplando el mismo paisaje, guiados por la búsqueda de respuestas a los enigmas del universo.

A unos pasos, la Pirámide de la Luna guarda su propio misterio, con su arquitectura precisa y su ubicación estratégica al final de la Calzada de los Muertos, escenario de ceremonias dedicadas a la diosa luna, patrona de la fertilidad y la renovación, según cuenta la leyenda.

Cuando se traga las montañas que le quedan detrás al acercarnos nos aclara que no es una pirámide como tal, porque no termina en punta, pero imita su forma y de ella emana una energía especial.

Por ella sí pudimos subir hasta su mitad, y la humanidad se percibe diminuta pero profundamente conectada con el cosmos, mientras escuchamos narraciones que mezclan lo histórico con lo fantástico y enriquecen el alma de quienes se acercan a sus confines con respeto y curiosidad.

Por estos días se multiplican sus visitantes habituales con motivo del Mundial de fútbol, para que regresen a casa convencidos de que Teotihuacán no es solo piedra y ruinas; es también un caleidoscopio de historias, leyendas y mitos que han trascendido el tiempo.

Al despedirse, uno se lleva consigo no solo fotografías y recuerdos, sino la sensación imborrable de haber tocado el alma de una civilización que, pese al paso de los siglos, sigue hablando a quienes saben escuchar sobre la grandeza humana y el misterio insondable de nuestros orígenes.

mem/lp

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