Movilizados en todo el país para seguir el desempeño de la selección nacional en el juego que tuvo como escenario a la ciudad estadounidense de Houston, millones de brasileños sufrieron, dudaron y terminaron celebrando este lunes el paso de la Verdeamarela a los octavos de final del torneo.
En bares, restaurantes, centros comerciales y hogares, los aficionados siguieron un partido que puso a prueba la paciencia de una afición acostumbrada a exigir espectáculo, pero que esta vez se conformó con avanzar de ronda.
Desde horas de la mañana, las calles de esta capital estaban abarrotadas de personas vestidas con camisetas con los colores de la Canarinha, mientras en muchos espacios ondeaban banderas del gigante sudamericano y por todas partes se escuchaba el toque de cornetas.
Pero cuando Kaishu Sano puso por delante a los japoneses en el minuto 29, el silencio y la preocupación sustituyeron el ambiente festivo que había predominado hasta ese momento.
La selección dirigida por el italiano Carlo Ancelotti dominaba la posesión del balón, pero volvía a mostrar dificultades para transformar ese control en oportunidades claras de gol.
Mientras tanto, los aficionados se impacientaban y sufrían ante la posibilidad de quedar en el camino en un deporte en el que están acostumbrados a reinar.
El aliento llegó en la segunda mitad con un cabezazo de Casemiro en el 56, un gol que devolvió la esperanza a los hinchas brasileños y reanimó las celebraciones en las calles y puntos de reunión.
Los temores, sin embargo, seguían a flor de piel, y todo apuntaba a que habría prórroga en el partido, pero en el 90+6 Martinelli aprovechó una asistencia de Bruno Guimarães y marcó el tanto de la victoria, para desatar una ola de abrazos, bocinazos, fuegos artificiales y gritos de celebración en el gigante sudamericano.
El triunfo mantiene vivo el objetivo de conquistar una sexta Copa del Mundo, aunque también dejó abierto el debate sobre el desempeño del equipo, que necesitó una remontada para superar a un disciplinado conjunto japonés y deberá mejorar su rendimiento en los próximos compromisos.
En las redes sociales, la clasificación dominó las conversaciones, mezclando elogios por el carácter mostrado en los minutos finales con críticas al funcionamiento colectivo. La sensación predominante, sin embargo, fue de alivio: Brasil sigue en carrera.
Casi al final del partido, esta redactora vio a una niña pequeña, vestida con la camiseta de Neymar, mirar ansiosa hacia la pantalla instalada en un restaurante y rogar con las manos entrecruzadas: “Brasil, no me decepciones”.
De momento, aun entre dudas y deseos de un desempeño todavía mejor, a esa pequeña y a millones de otros brasileños, la selección no los decepcionó.
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