Por Lemay Padrón Oliveros (Enviado especial)
Se trata de un protocolo de seguridad y control vial de la Federación Internacional de Fútbol (FIFA) para restringir el acceso vehicular y peatonal a 1.6 kilómetros a la redonda del recinto deportivo.
Aquí limita al norte con la Avenida Santa Úrsula, al sur con el Circuito Periférico, al poniente con la Avenida del Imán y Gran Sur, y al oriente con la Calzada de Tlalpan y Avenida de las Torres.
Los días de partido se ve el desfile de sombras con camisetas raídas, nuevas o seminuevas, bufandas enlazadas al cuello y ojos encendidos con la llama sagrada del fervor deportivo.
Sus pasos se entrelazan con la melodía urbana, mezclada con el aroma a asfalto caliente y la brisa tibia que arrastra cantos, bromas y el eco de viejas victorias.
Las calles angostas, con paredes tapizadas de grafitis y recuerdos, algunos evocando gestas épicas en medio del murmullo de generaciones que, con cada encuentro, tejieron un tapiz invisible de hermandad y desafío.
Los aficionados se abrazan sin conocerse, porque aquí no hacen falta nombres ni rostros, solo el latir común de un corazón que se desborda.
En esta ciudad también el tapiz va adornado con música y bailes típicos, penachos que evocan la época prehispánica en medio de un ritual colectivo de camino a lo sublime: el partido que todos presagian histórico, cual viaje hacia la eternidad.
La comitiva no tiene edad, raza ni sexo, hay de todo en esta corriente indómita que avanza hacia el clímax del día, el altar urbano donde la pasión escribe poesías en cada respiración y el fervor se convierte en lenguaje universal.
Parientes de una causa que trasciende la victoria y la derrota, porque antes del partido todos son extraños, y 90 minutos después están hermanados por un sentimiento.
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