Enemigos íntimos en este tipo de lides, aquí los unía el banquillo, porque era el italiano Carlo Ancelotti quien tomaba las decisiones en la escuadra auriverde.
Carletto era uno de los tres estrategas de la península itálica que podían paliar un poco entre los aficionados el desencanto por no haber podido clasificar la selección Azurra.
Sin embargo, fueron cayendo uno tras otro, y ninguno se salva de la crítica, porque incluso Fabio Cannavaro, que estaba al frente de Uzbekistán, pudo haberlo hecho mejor.
Ciertamente los Lobos Blancos no podían aspirar a mucho en su estreno mundialista, pero amén de la goleada ante Portugal, que podía estar en los pronósticos, al igual que la derrota contra Colombia, salieron delante ante República Democrática del Congo y terminaron cediendo 1-3.
Peor le fue a Vincenzo Montella al mando de Turkiye, una selección que apuntaba a estar entre las sorpresas del Mundial y se fue por la puerta de atrás, como la mayor decepción.
Mostraron destellos de su calidad, pero no lo tradujeron en goles, y de esa manera los turcos fueron de los primeros en decir adiós.
Le quedaba a Italia la carta de Ancelotti, llamado con la esperanza de recuperar la ilusión en un proyecto que tuvo la peor campaña clasificatoria de su historial.
Algún detalle pudo mejorar el avezado preparador, pero a la Canarinha hace rato le falta pólvora arriba, y si a esto sumamos la ausencia de Raphina por lesión, todo se complicaba aún más.
Para colmo, en el juego contra Noruega fallaron sus ocasiones más claras, y así no se puede sobrevivir en un Mundial.
Triste el final para la única selección presente en todas las citas del orbe y la más ganadora, y de paso para Ancelotti, que dejó también a Italia sin nada a qué aferrarse…perdón, queda el árbitro Maurizio Mariani.
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