Por Lemay Padrón Oliveros (enviado especial)
Si usted visita la República Dominicana y no desayuna un plato de mangú, técnicamente no ha pisado la isla, solo ha estado flotando en un limbo turístico desprovisto de verdadera sustancia.
Para el ojo extranjero no entrenado, el mangú puede parecer un puré de papas que ha sufrido una severa crisis de identidad o un experimento culinario que se quedó a mitad de camino. Primera sugerencia: no se confunda, porque lograr la textura perfecta del mangú requiere una precisión digna de la NASA.
El plátano verde es un enemigo hostil, porque si se pasa de agua, queda con la consistencia de una sopa triste, pero si falta agua fría durante el proceso se transforma instantáneamente en un bloque de cemento capaz de romper la mandíbula del comensal más valiente.
Por supuesto, este monumento al carbohidrato no existe en solitario, exige escolta, y no cualquier escolta.
Aquí se le llaman los «Tres Golpes»: salami frito (cortado con un grosor que roza lo ilegal), queso frito (que debe chirriar contra los dientes al morderlo) y huevos fritos.
Evidentemente es un desayuno diseñado no para empezar el día, sino para sobrevivir a toda una jornada de trabajo.
Como toda obra de arte, el mangú viene con su propia mitología, y la leyenda urbana favorita asegura que el nombre nació durante la ocupación militar estadounidense a principios del siglo XX, cuando un soldado probó el plato y exclamó: «Man, this is good!» (¡Hombre, esto es bueno!).
Los lingüistas serios lloran cada vez que se cuenta esta historia, pero el dominicano la defiende con la misma vehemencia con la que asegura que el plátano cura la anemia y otorga superpoderes rítmicos.
Al final del día, poco importa si el nombre vino de un soldado gringo o de las profundidades de la tradición africana; lo único seguro es que un buen plato de mangú tiene el poder de curar la peor de las resacas y recordarle al mundo que la felicidad, a veces, viene en forma de puré.
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